jueves, 23 de marzo de 2017

“El Reino de Dios ha llegado a vosotros”


“El Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 14-23). La expulsión de demonios con el solo poder de su voz, la multiplicación de panes y peces, la curación de enfermos, la resurrección de muertos, son todos signos realizados por Jesús que indican que Él no es un profeta más entre tantos, sino Dios mismo, en la Persona del Hijo, que ha venido a la tierra y, con Él, ha llegado su Reino, un Reino de luz, que se opone al Reino de las tinieblas del Príncipe de las tinieblas. Los múltiples signos de Jesús indican que Él es el Mesías, pero que no ha venido aquí para convertir la tierra en un paraíso sino para derrotar a los tres grandes enemigos del hombre –el Demonio, el Pecado y la Muerte- por medio de su sacrificio en cruz. En este sentido, la Cruz es el signo más patente de la llegada del Reino de Dios a los hombres. Y si lo es la Cruz, lo es entonces también la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz.

miércoles, 22 de marzo de 2017

“No he venido a abolir la ley sino a darle plenitud”


“No he venido a abolir la ley sino a darle plenitud” (Mt 5, 17-19). Jesús, siendo Dios, había dado –junto al Padre y al Espíritu Santo- a Israel una Ley: “Dios, nuestro creador y nuestro redentor, se escogió a Israel como pueblo de su propiedad y le reveló su ley, preparando así la venida de Cristo”[1]. Pero esta Ley, dada en el Antiguo Testamento, no tenía fuerzas para llevar a la santificación, puesto que, escrita en tablas de piedra, sólo mostraba el precepto que conducía a la santidad, pero no otorgaba la santidad: “La ley antigua es la primera etapa de la ley revelada. Sus prescripciones morales están resumidas en los diez mandamientos (…) Prohíben lo que es contrario al amor de Dios y del prójimo y prescriben lo que le es esencial. El decálogo es una luz ofrecida a la conciencia de toda persona para manifestarle la llamada y los caminos de Dios y para protegerla del mal”. Siendo “buena y santa” en sí misma, la Ley del Antiguo Testamento, reflejada en el Decálogo, no concedía por sí misma la fuerza misma de Dios, necesaria para vivirla en plenitud: “Según la tradición cristiana, la ley santa, espiritual y buena (Rm 7,12ss) es todavía imperfecta. Como un pedagogo (Ga 3,24) la ley indica lo que hay que hacer, pero no da por sí misma la fuerza, la gracia del Espíritu, para ponerlo por obra. A causa del pecado, que la ley no puede borrar, ésta sigue siendo una ley de servidumbre... Es una preparación al evangelio”[2]. La Ley antigua no concedía la santidad, ni quitaba el pecado; sólo mostraba el camino para llegar a Dios.
Ahora, en cuanto Verbo de Dios Encarnado, Jesús viene “no a abolir”, sino a “darle plenitud” a esa Ley, es decir, viene a darle aquello que la Ley antigua no tenía ni podía dar: la fuerza de Dios para cumplirla, y la santidad de Dios en el alma, objetivo último del Decálogo y de la Nueva Ley de Jesús.    
Esta “plenitud” que Jesús viene a dar a la Ley, es “la gracia del Espíritu Santo concedida a los fieles por la fe en Cristo –y, añadimos nosotros, por los sacramentos de la Iglesia Católica- (…) La ley nueva o la ley evangélica es la perfección aquí en la tierra, de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo (y) del Espíritu Santo y, por él, se convierte en la ley interior de la caridad: “...yo concluiré con el pueblo de Israel y de Judá una alianza nueva...Pondré mis leyes en su mente y las escribiré en su corazón; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Heb 8, 8-10)”[3].
En otras palabras, la “Ley Nueva” que viene a traer Cristo, que es la “plenitud” de la Ley mosaica, es la ley de la gracia, la ley por la cual Dios Uno ya no está en el Monte Santo, siendo accesible sólo a Moisés, sino que, revelado en Cristo como Uno y Trino, como Trinidad de Personas, está en el corazón del justo. Inhabitación de la Trinidad en el alma del justo, participación a la santidad misma de Dios Uno y Trino, es en eso en lo que consiste la “plenitud” de la Ley o la Ley Nueva de la caridad de Jesucristo.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1961-1967.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

“Perdona hasta setenta veces siete”


“Perdona hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Para entender el mandato de Jesús de perdonar “hasta setenta veces siete” a nuestros prójimos que nos ofenden, ayuda mucho meditar acerca de la simbología contenida en la parábola del rey que perdona a su súbdito una cuantiosa deuda, el cual a su vez no quiere perdonar a un prójimo que le es deudor también, pero de una deuda mucho más pequeña. En la parábola, el rey que perdona una deuda enormemente grande, es Dios Padre, que perdona a la humanidad y a cada hombre en particular, la deuda enorme –infinita- que supone cada pecado cometido y que ofende su divina majestad: la deuda es insalvable por parte del hombre, y lo que hace es directamente condonar la deuda al hombre, a todo hombre, entregando a su Hijo Jesús a morir en el sacrificio de la cruz. En cierta manera, Dios perdona la deuda –el pecado del hombre-, pero la paga Él mismo, y a un precio altísimo, la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios, degollado en la Cruz. El deudor al cual el rey le condona la deuda, como vemos, es el hombre, todo hombre, toda la humanidad, desde Adán y Eva, hasta el último hombre nacido en el último día. La deuda contraída por el hombre –el pecado- es imposible de saldar, pero el rey de la parábola, que es Dios, le perdona la deuda a su súbdito, el hombre, sin pedirle que le devuelva; lo único que quiere es que él, a su vez, haga lo mismo con su prójimo. En otras palabras, ese deudor, a quien el rey le perdona la deuda, somos todos y cada uno de nosotros, porque Jesucristo ha muerto en la cruz por todos los hombres y lo único que Dios quiere de nuestra parte, en contraprestación por la deuda saldada, es que nosotros seamos igual que Él, que lo imitemos en su misericordia sin límites y perdonemos las deudas que nuestros prójimos contraen con nosotros, cuando nos hacen algún mal. El tercer protagonista de la parábola, el prójimo del súbdito al que el rey le perdonó la deuda, es un prójimo cualquiera que, por algún motivo, es nuestro deudor, porque nos ha provocado algún mal. Cuando no perdonamos, somos como el súbdito desagradecido, que hace encarcelar a su prójimo por una deuda insignificante, y esto es lo que provoca la indignación, del rey de la parábola, y de Dios en la realidad. La deuda que el prójimo contrae con nosotros, aun cuando nos provocara el mayor mal o daño que un hombre puede contraer con otro, es casi inexistente, cuando se compara en magnitud con la deuda que nosotros contraemos con Dios con cualquier pecado –mucho más grande cuanto más grande es el pecado-, y lo que Dios espera de nosotros, es que nosotros, por misericordia, como Él obró con nosotros, “perdonemos a nuestros deudores”, tal como lo decimos en el Padrenuestros. El valor de la Sangre de Cristo, derramada por todos y cada uno de nosotros, es incalculable y de valor infinito, de ahí que alcance, por así decir, para saldar la deuda que el prójimo contrae con nosotros al infligirnos algún mal. Si Dios nos perdonó al precio de la Sangre del Cordero, no tenemos excusas para no hacer lo mismo con nuestro prójimo, cualquiera sea la deuda que éste contraiga con nosotros.

viernes, 17 de marzo de 2017

“Dame de beber”


(Domingo III - TC - Ciclo A – 2017)

         “Dame de beber” (Jn 4, 5-42). Luego de recorrer los caminos de Palestina predicando el Evangelio, Jesús llega a la ciudad samaritana de Sicar a la hora del mediodía, en el que el calor se hace sentir más; a esto, se le suma el hecho de estar cansado por el caminar. Todo sumado –largas caminatas evangelizando, más el calor-, hacen que Jesús sienta sed, por lo que se acerca a un pozo –llamado “Pozo de Jacob”-, frecuentado por hebreos y samaritanos. Sentado en el borde del pozo, ve acercarse a una mujer samaritana, con la cual entabla un diálogo que comienza con un pedido por parte de Jesús: “Dame de beber”.
         Una primera reflexión en este episodio evangélico es el hecho de que Jesús experimente la sed, porque podría objetarse diciendo que Jesús es el Hombre-Dios y que, por lo tanto, no podía tener sed, porque Dios no tiene sed, siendo Espíritu Purísimo. A esta objeción -que Jesús sea Dios y que sienta sed- se responde considerando lo siguiente: Jesús es el Hombre-Dios, es decir, es Dios Hijo Encarnado, es la Segunda Persona de la Trinidad, que ha asumido hipostáticamente –personalmente- una naturaleza humana y por lo tanto, posee las dos naturalezas, la divina y la humana, pero estas dos naturalezas no se mezclan ni se confunden, conservando cada una sus operaciones y es por eso que siente sed: no en cuanto Dios, sino en cuanto hombre.
Una segunda reflexión la podemos hacer al considerar el pedido que Jesús, que está sentado en el borde del pozo, le hace a la samaritana: al acercarse al pozo, Jesús le pide un poco de agua: “Dame de beber”. En este pedido de Jesús hay, en un primer momento, un pedido literal de agua –líquida, esto es, la del pozo-, para satisfacer verdaderamente su sed corpórea, ya que su Cuerpo se ha deshidratado por el esfuerzo del caminar y por el intenso calor.
         Sin embargo, además de este pedido de agua líquida –valga la aclaración-, hay otro nivel de interpretación de las palabras de Jesús, más profundo o, si se quiere, más elevado y sobrenatural. ¿Cuál es este sentido? En el desarrollo del diálogo, Jesús se presenta como Aquel que es capaz de dar un “agua viva”: “Si supieras Quién Soy Yo, el que te habla, tú me pedirías agua, porque Yo Soy Dios, y de Mí brota la fuente de agua viva que salta hasta la eternidad; si supieras que Yo Soy Dios, tú me pedirías que te diera “agua viva”: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva”. Ahora bien, esto parece una paradoja, porque primero Jesús dice que tiene sed y pide de beber, pero después le dice que Él le puede dar de beber a ella, pero un agua distinta, un “agua viva”, y esto porque Él es “el don de Dios”, es Dios Hijo, de cuyo seno manan fuentes de agua viva, y por eso es que le dice que si la samaritana supiera quién es Él, sería ella la que le pediría de beber, porque le pediría del agua de la gracia: “El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
Para profundizar en este nivel sobrenatural, hay que considerar la simbología subyacente en este episodio evangélico: el pozo es símbolo del corazón del hombre sin Dios y el agua del pozo, es símbolo del amor del hombre: Jesús tiene sed del agua del pozo, es decir, tiene sed del amor del corazón del hombre. A su vez, el “agua viva” que Jesús dará a quien cree en Él, es la gracia santificante, porque el agua es símbolo de la gracia, y esta agua viva brota del corazón de Jesús, y es esta agua la que Jesús ofrece, a la samaritana y a todos los hombres, por medio de los sacramentos. El “agua viva” que ofrece Jesús, a diferencia del agua del pozo de Jacob, que satisface la sed del cuerpo, satisface la sed de amor de Dios que el hombre tiene.
Así se explica la frase de Jesús: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva”. El “agua viva” es la gracia santificante, que brota de Jesús como de su Fuente inagotable, así como un arroyo de montaña, de agua cristalina, brota de la vertiente y es lo que Jesús quiere dar a las almas, porque con la gracia santificante, se comunican al alma la vida y el Amor de Dios.
Entonces, por un lado, Jesús tiene sed del amor de nuestros corazones –pero le damos vinagre en vez de agua cuando, en vez de amor a nuestros prójimos, tenemos para con ellos sentimientos de enojo, desprecio, indiferencia, o cualquier otra falta de caridad-, y es esto lo que expresa cuando dice en el pozo de Jacob: “Dame de beber”, pero también cuando dice en la Cruz: “Tengo sed”; por otro lado, Jesús es quien nos ofrece de beber el “agua viva” que es la gracia santificante que brota de su Corazón traspasado, Agua con la que apaga el ardor de nuestras pasiones, al tiempo que nos sacia con la Vida y el Amor de Dios. Jesús nos ofrece de beber el agua de la gracia santificante, porque Él es la Fuente de agua viva, es decir, de la gracia santificante, y si esto es así, entonces la Eucaristía es esa misma Fuente de agua viva, porque la Eucaristía es Jesús. Entonces, con la samaritana, le pedimos a Jesús Eucaristía: “Dame de beber el contenido de ese pozo sin fondo que es tu Corazón traspasado, el Agua de tu gracia y sacia mi sed con la Sangre de Sagrado Corazón”.

Por último, tenemos que hacer la siguiente consideración con relación a la frase de Jesús: “Ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre”. Él establecerá la verdadera adoración, porque por la gracia santificante, infundirá en el alma el espíritu de adoración verdadera y la Presencia del Dios verdadero y Único, el Dios Uno y Trino, el Único Dios a quien adorar. En la Eucaristía, Jesús nos da de beber el Agua de su Costado y la Sangre de su Corazón, el Amor de Dios, y se nos manifiesta como el Único Dios a quien adorar.

“Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña”


“Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña” (Mt 21, 33-43.45-46). Para poder apreciar el contenido sobrenatural de esta parábola, hay que tener en cuenta qué representa cada elemento de la misma: el dueño de la viña es Dios Padre; la viña es Jesús y también la Iglesia; los arrendatarios son el Pueblo Elegido; los enviados del dueño son los profetas; la muerte del hijo del dueño es la muerte de Jesús en su Pasión; aquellos a quienes el dueño le entregará la viña, luego de quitarles la viña a los primeros arrendatarios, somos los bautizados en la Iglesia Católica. Nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica, somos el Nuevo Pueblo Elegido, a quienes Dios Padre ha encargado la administración de los misterios de su Iglesia; a quienes Dios Padre ha confiado lo más precioso que Él tiene, que es su Viña, Cristo Jesús en la Eucaristía, y la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, para que cuidemos de estos sus dos más preciados tesoros. No nos hagamos indignos de tan grande e inmerecido don.

miércoles, 15 de marzo de 2017

“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”


“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?” (Mt 20, 17-28). Después de que Jesús les anunció a sus discípulos su misterio pascual de Muerte y Resurrección, se acercaron a Jesús “la madre de los hijos de Zebedeo (…) junto con sus hijos”, y se postró ante Jesús “para pedirle algo”: que sus hijos “se sienten en el Reino”, “a la derecha y a la izquierda” de Jesús. Para asegurarse de que han entendido lo que le habría de suceder a Jesús, Él les pregunta si “pueden beber del cáliz que Él ha de beber”, es decir, les pregunta si van a ser capaces de afrontar la humillación, la traición, el dolor, la amargura, de la Pasión. Los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, le responden: “Podemos”. Es decir, saben que, para “sentarse a la derecha e izquierda de Jesús”, en el Reino, o sea, para gozar de la gloria del Reino de los cielos, deberán sufrir, junto con su Señor, las amargas horas de la Pasión y, movidos por el Amor de Dios, dicen: “Podemos”, lo cual quiere decir también: “Estamos dispuestos”.
Los otros discípulos, al enterarse de la conversación, se “se indignaron contra los dos hermanos”, dice el Evangelio, y la razón de esta indignación es que no han entendido –como sí lo han hecho los hermanos- en qué consisten los premios que da Jesús y cuándo los da, porque piensan en la gloria mundana y en categorías mundanas y humanas, no celestiales y sobrenaturales, como Jesús. Los otros diez discípulos piensan que con Jesús es como lo que sucede con los líderes humanos, que prometen dádivas y premios a quienes los secunden en sus planes mundanos; además, ambicionan los puestos de gloria, pero no la cruz. Es por eso que Jesús les aclare que, con Él, el Hombre-Dios, las cosas son distintas: “Los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. Con Cristo, el discípulo sí obtiene la gloria, pero no mundana, y no por cumplir planes y objetivos mundanos: la gloria que se obtiene es la gloria del cielo, y se la obtiene sólo en tanto y en cuanto se beba del cáliz de la Pasión, el cáliz de sus amarguras, el cáliz del dolor, el cáliz de la Cruz. Eso es lo que Jesús les quiere decir cuando les pregunta si “pueden beber del cáliz que Él ha de beber”.

Desde la Eucaristía, también a nosotros nos pregunta Jesús si podemos –si queremos- “beber del cáliz de la Pasión”, es decir, si queremos participar de su Pasión redentora en cuerpo y alma, si queremos participar de su Pasión para la salvación de nuestros hermanos, como requisito indispensable e ineludible para llegar al Reino de los cielos. Y nosotros, junto con Santiago y Juan, le decimos: “Podemos”.

martes, 14 de marzo de 2017

“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”


“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23, 1-12). Jesús no nos da consejos de buena conducta; no nos anima a simplemente ser humildes y no ser soberbios: cuando nos advierte que “el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”, nos advierte acerca de una realidad de la vida del espíritu, y es el ser hechos partícipes, por la virtud de la humildad, de la vida de Cristo y, por el pecado de la soberbia, del odio del Demonio. Es decir, Jesús nos pide que seamos humildes, porque de esa manera lo imitamos a Él, en su humildad, la virtud por excelencia del Hombre-Dios -y de la Virgen-, junto a la caridad, mientras que, si somos soberbios, participamos del pecado del Demonio en los cielos, y nos volvemos partícipes de su rebelión de odio contra Dios.

“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. El corazón humilde es el que imita a Jesús en sus humillaciones: en la humillación de la Encarnación, en la humillación del Lavado de los pies, en la humillación de la Cruz, y en infinidades de oportunidades a lo largo de su vida terrena; el corazón humilde imita a Jesús y evita ponerse en el centro de atención; perdona las ofensas; no busca venganza; agradece las correcciones. Todo lo contrario sucede con un corazón soberbio: no permite correcciones, todo tiene que ser como él lo dice, no es capaz de perdonar ni de pedir perdón. Jesús entonces, no nos enseña meras reglas de moral: nos advierte que, en un corazón humilde, habita Dios Uno y Trino; en un corazón soberbio, está el Demonio; el corazón humilde será ensalzado por Dios, mientras que el corazón soberbio es rechazado por Dios, así como el Demonio fue quitado de la Presencia de Dios en el cielo.