viernes, 24 de febrero de 2017


(Domingo VIII - TO - Ciclo A – 2017)

         “No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24-34). Ante la tentación del hombre que pretender acumular dinero, al mismo tiempo que alabar a Dios, las palabras de Jesús son muy claras y precisas: “No se puede servir a Dios y al dinero”. Y luego da la razón: “porque aborrecerá a uno y amará al otro”. Para comprender mejor el porqué de esta imposibilidad, podemos recordar lo que enseña San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, acerca de para qué ha sido creado el hombre: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma”[1]. Es decir, el hombre ha sido creado por Dios para Dios, para servirlo y alabarlo, y así salvar su alma; el hombre no ha sido creado para servir al dinero, y mucho menos cuando, detrás del dinero, está Satanás, puesto que el dinero es, según los santos, “el estiércol de Satanás”. No hay lugar en el corazón del hombre para dos señores: o se sirve a Dios, o se sirve al dinero y, en el dinero, a Satanás.
         ¿Qué sucede en el corazón del hombre, cuando el dinero ocupa el lugar que sólo Dios puede y debe ocupar? Sucede que el hombre intercambia al dinero por Dios, y termina idolatrando y sirviendo al dinero, en vez de adorar y servir a Dios. Cuando esto sucede, el dinero –y mucho más, el obtenido ilícitamente, por medio del robo, el fraude, la extorsión, o de cualquier forma delictiva- hace caer fácilmente al hombre en el engaño de que esta vida y sus placeres terrenos –la gran mayoría, ilícitos, porque se derivan de la concupiscencia de la carne y del espíritu-, son accesibles, fáciles de conseguir, y duran para siempre, siempre y cuando haya dinero para acceder a ellos. El dinero hace emprender al hombre un peligroso camino, un camino ancho y espaciado, que finaliza en el Abismo del que no se sale; el dinero le facilita al hombre, afectado por las consecuencias del pecado original –el desorden de las pasiones, el difícil acceso a la Verdad y la dificultad para obrar el bien-, un camino que conduce a un lugar opuesto al cielo, el Infierno. No en vano Jesús nos advierte que, si queremos ir al cielo, debemos entrar por la puerta estrecha, es decir, por la puerta opuesta a la que conduce el dinero: “Uno le preguntó: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? Él en respuesta dijo a los oyentes: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os aseguro que muchos buscarán cómo entrar, y no podrán. Y después que el padre de familia hubiere entrado y cerrado la puerta, empezaréis, estando fuera, a llamar a la puerta diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos!, y él os responderá: No os conozco, ni sé de dónde sois (…) Apartaos de mí todos vosotros, artífices de la maldad. Allí será el llanto y el rechinar de dientes; cuando veréis a Abrahán, y a Isaac, y a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera” (Lc 13, 22-28). La puerta estrecha es la pobreza de la cruz, que se opone al camino ancho y espacioso que concede el dinero. La advertencia de Jesús se dirige a nosotros, hombres pecadores, que fácilmente podemos caer en la tentación de pensar que el dinero y lo que el dinero obtiene –placeres terrenos, bienes materiales, vida despreocupada de las necesidades del prójimo- es preferible a la pobreza de la cruz de Jesús. Y si queremos saber cuál de los dos caminos estamos transitando, si el camino ancho del dinero o el camino estrecho de la cruz, es decir, si queremos saber si nuestro corazón está en el dinero o en Dios, podemos hacer la siguiente reflexión: si me reflexión: si me ofrecieran darme un millón de dólares sólo por asistir a un lugar que queda a la misma distancia de mi iglesia, para escuchar a un persona por una hora, y nada más, debo preguntarme si pondría todas las excusas que pongo, para no ir a ese encuentro, como cuando me excuso para faltar a la misa dominical. O también, en otras palabras: si considero que cien, mil, un millón de pesos, valen más que la Eucaristía dominical, entonces es obvio que mi tesoro es el dinero y que mi corazón no está en Dios, sino en el dinero.
         En nuestros días, caracterizados por un duro materialismo, acompañado del más profundo ateísmo que jamás la humanidad haya conocido, las multitudes son atraídas por la vida placentera y fácil, es decir, por el camino ancho y espacioso que proporciona el dinero. En nuestros días, se vive para el dinero y por el dinero, sin importar qué es lo que hay que hacer para obtenerlo, sin importar los medios, cualesquiera que estos sean, para ganar dinero, porque el dinero está antes que toda consideración moral, ética y espiritual. Hoy, el amor por el dinero ha desplazado del corazón del hombre no sólo el Amor a Dios, sino todo amor al prójimo y todo rasgo de humanidad. El hombre desea vivir según la vida que otorga el dinero: despreocupadamente, como en un estado de vacaciones o de juventud, permanentes, sin fin, eternas; desea autos de lujo, mansiones, viajes costosos, y todo tipo de placer terreno ilícito, y como sabe que esto sólo lo puede dar el dinero, idolatra al dinero en vez de adorar a Dios, que le pide lo contrario del dinero: vivir la pobreza de la cruz. Al hombre que está así enceguecido y embotado por el dinero, las palabras de Jesús “No se puede servir a Dios y al dinero”, “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha”, o no las escucha, o si las escucha, las rechaza, porque no ama a Dios y a su Reino de Amor, sino al dinero y la vida que el dinero puede conseguir.
Por el contrario, aquel que quiere servir a Dios y no al dinero, debe emprender un camino muy distinto, un camino empinado, difícil de transitar; un camino que finaliza en la cima y en el cielo; un camino en el que hay que llevar la propia cruz a cuestas y negarse a sí mismos, al hombre viejo, al hombre dominado por las pasiones, para ir en pos de Cristo, que va delante con la Cruz, camino al Calvario. Este camino, al que se ingresa por la puerta estrecha, finaliza en la cima del Monte Calvario, que es a su vez la puerta de entrada al Reino de los cielos, en donde se encuentra la Jerusalén celestial, destino final de los que aman al Cordero y mueren en estado de gracia:
“No se puede servir a Dios y al dinero”. Para que nuestros corazones estén anclados y adheridos en el verdadero y único tesoro que merece ser obtenido, Jesús Eucaristía, y para que despeguemos nuestros corazones del dinero y del afán desmedido por conseguirlo, dirijamos, con la ayuda de Nuestra Madre del cielo, la Virgen de la Eucaristía, esta oración a Jesús en el sagrario: “Oh Jesús, Dios de la Eucaristía, Dios del sagrario, Tú quieres convertir nuestros pobres corazones en otras tantas moradas en las que poder reposar y darnos el Amor de tu Sagrado Corazón, y no cesas de llamarnos con insistencia, una y otra vez. Y sin embargo, nosotros, llevados por la indiferencia y el desamor hacia Ti, y llevados por el amor desmedido al dinero y al mundo, hacemos oídos sordos a tus llamados de amor desde la Eucaristía y te dejamos solo y abandonado en el sagrario, para ir en búsqueda del placer terreno, de los bienes materiales, del oro y la plata, de la gloria mundana y de la estima de los hombres, eligiendo así el amor efímero y superficial de las creaturas, antes que el Amor infinito y eterno del Padre, que mora en tu Corazón Eucarístico. Concédenos, oh Buen Jesús, la gracia de poder encontrar la “perla preciosa”, el “tesoro escondido”, el único tesoro capaz de alegrar nuestros días en la tierra y luego por toda la eternidad, tu Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía. Y así, alegrándonos de haberte encontrado en la Eucaristía, seamos capaces de dejar definitivamente atrás lo que nos separa de Ti, cortando de una vez y para siempre con el pecado, desprendiéndonos del afecto a los bienes terrenos y mundanos, incapaces de dar un solo instante de verdadera alegría. Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que descubramos la perla de gran precio, el tesoro escondido; ayúdanos a vender todo lo que tenemos, a desarraigar nuestros corazones del amor al dinero, para adquirir el campo donde se oculta el tesoro, la fe en la Presencia Eucarística de tu Hijo Jesús. Amén”.




[1] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, nº 23.

“Los dos no serán sino una sola carne”


“Los dos no serán sino una sola carne” (Mc 10, 1-12). Jesús presenta a la indisolubilidad del matrimonio sacramental como su característica principal: al unirse sacramentalmente, el varón y la mujer forman “una sola carne”. Para entenderlo, podemos tomar la siguiente figura: así como a un cuerpo –es decir, la “sola carne” formada por la unión sacramental- no se lo puede dividir en dos partes y pretender que el cuerpo sigua vivo, así tampoco al matrimonio sacramental. Es decir, los esposos unidos en matrimonio sacramental y que pretenden divorciarse, serían el equivalente a una persona que pretendiera seguir caminando y viviendo, luego de ser cortado su cuerpo al medio en dos partes independientes. Y también, una relación de adulterio, sería como si a esa persona, partida en dos, se le agregara, a una de sus mitades, una mitad correspondiente a otra persona.

Ahora bien, el fundamento de la indisolubilidad del matrimonio sacramental y la condena y pecaminosidad del adulterio, no se fundan en razonamientos humanos, ni en la decisión de la conciencia del hombre: se fundan en la unión indisoluble, casta, pura y fiel, entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Es decir, todo matrimonio sacramental obtiene sus notas fundamentales por el hecho de estar injertado en la Alianza esponsal, mística, sobrenatural, entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Las características de esta unión esponsal son participadas y deben ser hechas visibles a través de los esposos humanos unidos en matrimonio sacramental. “Separar lo que Dios ha unido” –divorcio- o “unir lo que Dios no une” –adulterio- significa, para el hombre, colocarse él y su conciencia por encima del mismo Dios, de sus Mandamientos y del Magisterio de su Iglesia, expresión fiel de su Palabra revelada en Cristo Jesús.

martes, 21 de febrero de 2017

“El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”


“El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Mientras Jesús, yendo de camino con los discípulos, les anuncia y profetiza acerca de su Pasión –deberá ser traicionado, insultado, golpeado y crucificado hasta la muerte-, los discípulos comienzan a pelear entre sí. Una vez que llegan a destino, Jesús les pregunta la causa por la que habían estado discutiendo, y ellos, avergonzados, se callan, porque “habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Es decir, mientras Jesús les habla acerca de su misterio pascual, misterio por el cual habría de morir en sacrificio en cruz, para luego resucitar y así poder dar a los hombres la vida nueva de la gracia, que los hará partícipes y herederos del Reino de los cielos, los discípulos, sin hacer caso de lo que Jesús les dice, continúan mirando a las cosas de la tierra, discutiendo por el poder temporal, por los honores y por las grandezas del mundo: “habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Para hacerles ver que la grandeza de este mundo no importa y que lo que importa es la otra vida, la vida eterna, Jesús les dice: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Si entre los hombres aparenta ser “el más grande” aquel al que todos alaban y ensalzan, a los ojos de Dios, por el contrario, “el más grande” es “el último de todos y el servidor de todos” y la razón es que Jesús, siendo “el más grande”, porque era el Hijo de Dios encarnado, se hizo “el último de todos” en la cruz, al ser humillado en la Pasión, y con su muerte en cruz, “se hizo el servidor de todos”, porque alcanzó para todos la salvación y la vida eterna. El más grande, a los ojos de Dios, no es aquel al que todos los hombres aplauden, sino aquel al que, por hacer la voluntad de Dios, los hombres desprecian y crucifican, porque así hicieron con el mismo Hijo de Dios. Los criterios de grandeza, entonces, son distintos para los hombres y para Dios: para los hombres, es más grande el que más aplausos mundanos recibe; para Dios, es más grande el que, imitando a su Hijo Jesús, abraza la cruz con amor y, en la imitación de Jesús, da su vida en la cruz por la salvación de sus hermanos.

viernes, 17 de febrero de 2017

“Amen a sus enemigos”


(Domingo VII - TO - Ciclo A – 2017)

“Amen a sus enemigos” (Mt 5, 38-48). Jesús nos enseña cómo debe ser el trato, a partir de Él, para con el prójimo que, por algún motivo, se ha constituido en nuestro enemigo, y para hacerlo, diferencia con precisión cómo se procedía en el Antiguo Testamento contraponiéndolo con lo que Él, en cuanto Legislador Divino, determina ahora: antes, en el Antiguo Testamento, se aplicaba la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”, lo cual significaba devolver al prójimo exactamente el mismo mal que el prójimo nos había hecho. Sin embargo, a partir de Él, las cosas son diferentes: en el Nuevo Testamento –y por lo tanto, en la Iglesia-, la ley del Talión queda superada por la Nueva Ley de la caridad –“caridad” es “amor”, pero no humano, sino divino, sobrenatural-, la cual implica no sólo no devolver el mal al prójimo, sino devolver bien por el mal recibido y un bien que es, ante todo, espiritual y por lo tanto valiosísimo, y es el bien del amor: “Ama a tus enemigos”. Es decir, en el Antiguo Testamento, estaba prescripto que debía devolverse al enemigo el mismo grado de mal que había cometido –“ojo por ojo y diente por diente”-; ahora, no sólo no se devuelve el mal, sino que al mal, se le responde con Amor, pero no el amor humano, sino el Amor Divino, el amor de caridad: “Amen a sus enemigos”.
Jesús no sólo nos enseña de palabra, sino que Él mismo en Persona nos da ejemplo en la Cruz de cómo vivir este mandato suyo y lo hace cuando pide perdón al Padre por aquellos que le están quitando la vida: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Jesús ama a sus enemigos, aquellos que le quitan la vida en la Cruz, y porque los ama, es que pide al Padre que los perdone. Ahora bien, los que le quitamos la vida somos nosotros, con nuestros pecados, porque Él se puso en nuestro lugar en la Cruz; es decir, los enemigos de Dios, aquellos a los que Jesús ama y porque los ama pide el perdón divino para ellos, esos enemigos, éramos nosotros y no Él. Aun así, siendo nosotros los enemigos de Dios y no Él, Jesús se interpone entre la Justicia Divina y nosotros, recibiendo Él, en su Cuerpo y en su Alma, de forma vicaria, el castigo merecido por haber nosotros desencadenado la Ira Divina con la malicia de nuestros pecados. La muerte de Jesús en la Cruz era el castigo que todos los hombres merecíamos por nuestros pecados, pero Jesús, siendo Inocente e Inmaculado, nos ama tanto, que se interpone entre la Ira de Dios y nosotros, recibiendo Él el castigo que merecíamos, para así borrar con su Sangre nuestros pecados y concedernos la gracia que nos justifica.
“Ama a tus enemigos”. El mandato de Jesús tiene muchas implicancias, puesto que no basta con perdonar: es necesario “amar” al prójimo enemigo –el amor sobrenatural es la base del perdón al enemigo-, y esta distinción es importante, porque muchos cristianos tal vez no odian ni devuelven el mal e incluso hasta perdonan, pero lo hacen por motivos meramente humanos, como el “sentirse buenos”, o simplemente porque “pasó el tiempo y ya puedo perdonar”. Sin embargo, no es en esto en lo que consiste el cumplir con el mandato de Jesús, porque el perdón cristiano no se basa en dejar pasar el tiempo, o pretender que, como somos buenos, perdonamos a quien nos hace mal. Ese comportamiento es de un buen pagano, un no-cristiano de buena conciencia, pero no de un cristiano que se precie de seguir los mandatos de Jesús. El cristiano no perdona porque “pasó el tiempo” ni tampoco porque se siente “buena persona”, porque no es eso lo que Jesús nos pide cuando nos dice: “Ama a tus enemigos”. Y todavía, mucho más, nos comportamos como pésimos cristianos cuando, frente a un prójimo que es –por una cuestión circunstancial- nuestro enemigo, buscamos dañarlo, en vez de seguir el mandamiento de Jesús: “Ama a tus enemigos”.
Teniendo en cuenta lo que hemos dicho, y habiendo tomado la decisión de cumplir el mandamiento de Jesús de “amar al enemigo”, surge una pregunta fundamental: ¿cómo hacerlo? Porque podemos argumentar que, humanamente, es imposible “amar” al enemigo, toda vez que el impulso humano hacia el enemigo nos lleva, a lo sumo, a no devolver el mal, pero jamás “amarlo”. Entonces, ¿de qué manera cumplir con este mandato de Jesús? La respuesta es acudir a la Fuente del Amor sobrenatural de caridad, Jesús Misericordioso, y contemplarlo en su Trono de Misericordia, la Santa Cruz. Es decir, para amar al enemigo como Jesús nos pide, debemos contemplar a Jesús crucificado y considerar que, habiendo sido nosotros –todos y cada uno, personalmente-, los que hemos crucificado a Jesús, Él, movido por el Amor Misericordioso de su Sagrado Corazón, en vez de pedirle al Padre que nos castigue por el deicidio cometido, no sólo nos perdona e implora perdón al Padre, sino que entrega su Cuerpo y da su Vida y su Sangre para obtenernos ese perdón. Una vez hecha esta consideración debemos,  con el mismo perdón divino con el cual Jesús nos perdona desde la Cruz, y con el mismo Amor Divino con el cual Jesús nos ama desde la Cruz, proceder nosotros con nuestros enemigos: amar y perdonar como Jesús nos amó y perdonó desde la Cruz, con su mismo Amor. Esto no significa, de ninguna manera, ser complacientes con la injusticia sufrida a manos de nuestro prójimo, pero a nosotros nos compete imitar a Dios en su Justicia Divina, sino en su Misericordia, dejando en las manos de Dios la Justicia. La otra forma de alcanzar el Amor Divino necesario para no solo perdonar, sino amar a nuestros enemigos, es por la Comunión Eucarística, pues allí recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que contiene al Amor de Dios, el Espíritu Santo. Si dejamos que nuestros corazones, secos como un leño, sean envueltos por las llamas del Amor del Corazón Eucarístico de Jesús; si dejamos que nuestros corazones se conviertan en ese mismo Amor, así como el leño seco, al aplicarle el fuego, se convierte en el mismo fuego, entonces sí seremos capaces de “ser perfectos” como el Padre celestial, porque lo imitaremos a la perfección: Dios Padre nos amó, en vez de castigarnos, y la prueba de su Amor es su Hijo Jesús en la Cruz.
         “Amen a sus enemigos”. Sólo si somos misericordiosos para con nuestro prójimo, que nos ha dañado, perdonándolo y amándolo en nombre de y con el Amor de Jesús, sólo así, seremos verdaderos hijos de Dios y alcanzaremos su perfección, que es la perfección de la santidad: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.



“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”


“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8, 34-38.9, 1). Jesús da las condiciones para su seguimiento: querer seguirlo, renunciar a sí mismo y cargar la cruz propia. Si no se cumplen estos requisitos, no se puede ser discípulo suyo. ¿Qué significan cada uno de los requisitos, indispensables para ser verdaderamente “cristianos”, es decir, discípulos de Jesús?
El primero es “querer”, ya que Jesús dice: “el que quiera seguirme”; esto significa que si bien es Jesús el que nos llama, la respuesta a su llamado, que es personal, es también personal, es decir, es libre. Jesús dice: “el que quiera seguirme”; no obliga a nadie, porque nadie entrará en el Reino de los cielos “obligado”; quien lo haga, será porque libremente habrá decidido seguir a Jesucristo y esto en razón de la libertad del hombre, que es aquello que constituye su imagen y semejanza con Dios-, y también por el respeto que Dios tiene a la libre decisión del hombre. Es decir, Dios respeta en tal grado la libertad del hombre de querer seguirlo o no, que aquello que el hombre decida, eso acepta el mismo Dios. En otras palabras, Dios da la gracia de querer seguirlo, pero el hombre tiene en sus manos, por así decirlo, la decisión libre y final de querer seguirlo o no. De esto se sigue que, por un lado, nadie entrará obligado en el Reino de los cielos, sino de forma voluntaria; por otro lado, nadie entrará injustamente, viendo atropellada su libre decisión de no querer seguirlo, en el Infierno: quien no quiera seguirlo, indefectiblemente irá al Infierno, pero no porque Dios “lo condene”, sino porque el hombre libremente eligió no querer seguirlo. El Infierno se presenta, así, como una muestra del máximo respeto que Dios tiene de la libertad humana, porque quien se condena, lo hace por la libre decisión de no querer seguirlo: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal[1].
El otro requisito para ser discípulos de Jesús es la “renuncia a sí mismo”, lo cual implica tener en cuenta que nuestro ser está afectado por el pecado original, que hace difícil el acceso a la Verdad por parte de la mente, y el obrar el Bien, por parte de la voluntad, además de provocar un grave desorden en las pasiones, en los sentimientos y en los sentimientos. Es decir, por el pecado original, estamos condicionados por la concupiscencia de la carne y de la vida, porque por el pecado el hombre ha sido invertido y en vez de ser la razón la que guíe la voluntad y esta domine las pasiones, son estas, las pasiones desordenadas, las que dominan la voluntad y ofuscan la razón. La negación de sí mismo significa tener en cuenta esta situación “original” y luchar, con la ascesis, la oración y la gracia de los sacramentos, contra nuestra tendencia al mal: “No hago el bien que quiero, sino que hago el mal que no quiero” (cfr. Rom 7, 19).
El último requisito para ser discípulos de Jesús es el de “cargar la cruz” propia, porque si el Hijo de Dios, siendo Inocente, cargó la cruz camino del Calvario, nadie puede ser discípulo de Cristo si no lo imita en su Pasión, en el cargar la cruz. Es decir, si Jesús, siendo Inocente, pasó de esta vida al Padre por la cruz, todo discípulo que se precie de serlo, debe también cargar la cruz, único camino para llegar al Reino de Dios.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 212.

jueves, 16 de febrero de 2017

“¡Vade retro, Satan! Tus pensamientos no son los de Dios”


“Tus pensamientos no son los de Dios” (Mc 8, 27-33). Este pasaje del Evangelio es sumamente útil para graficar el “discernimiento de espíritus”, según San Ignacio de Loyola[1], y también para darnos acerca de cómo, incluso el Vicario de Cristo, el Papa, puede apartarse de Aquel a quien representa en la tierra, el Hombre-Dios Jesucristo.
Con respecto al discernimiento de espíritus –siempre según las Reglas de San Ignacio para los Ejercicios Espirituales-, el Evangelio nos permite constatar cómo Pedro, siendo Vicario de Cristo, cuando es iluminado por el Espíritu Santo, proclama la verdad plena y absoluta acerca de Jesucristo: Él es “el Mesías”, el que “tiene palabras de vida eterna” (Jn 6, 68), el “Hijo de Dios” (Mt 16, 16): “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”.
Pero cuando el mismo Vicario, Simón Pedro, rechaza esta iluminación interior y se deja llevar por sus propios pensamientos –pensamientos contrarios a la Cruz y la Pasión de Jesús-, se aparta de la Voluntad de Dios y, lo que es peor, se coloca bajo la influencia directa del Príncipe de la mentira, tal como se lo dice Jesús: “¡Retírate de Mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
En otras palabras, cuando el Espíritu Santo lo ilumina, Pedro proclama la Verdad acerca de Jesús: “Tú eres el Mesías, Tú eres Dios Hijo encarnado”. Pero cuando rechaza la Cruz. se deja influenciar por Satanás y por sus propios pensamientos: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
Esto nos enseña que, cada vez que neguemos que Jesús es Dios y cada vez que neguemos y rechacemos la Cruz –y cada vez que neguemos y rechacemos a la Santa Misa como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrifico de la Cruz-, debemos decirnos, a nosotros mismos, junto con Jesús: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Jesús devuelve la vista a un ciego


Jesús devuelve la vista a un ciego (cfr. Mc 8, 22-26) utilizando su poder divino. Si bien la curación se lleva a cabo en dos pasos –primero le coloca saliva en los ojos y le impone las manos, lo que le permite al ciego comenzar a ver “hombres, como si fueran árboles que caminan” y recién cuando le impone las manos por segunda vez, recupera totalmente la vista-, esto no significa que tuviera algún tipo de inconvenientes para no hacerlo de una sola vez: es evidente que, siendo Jesús Dios Hijo encarnado y siendo Él el Creador de los ángeles y los hombres, tiene el poder suficiente para curarlo en menos de un segundo; si lo hizo en dos fases o tiempos, es porque ésa era su intención.
Ahora bien, en la escena evangélica, sucedida realmente, hay también un significado sobrenatural: el ciego representa a la humanidad, herida por el pecado original, que se ha vuelto incapaz de ver a Dios y a la realidad, tal como Él la ha creado; la curación por parte de Jesús, representa el don de la gracia santificante, que permite, precisamente, ver el mundo y la realidad, tal como Dios los creó, mientras que la recuperación total de la visión, podría representar al hombre que, iluminado por la gracia santificante, se vuelve capaz de ver el sentido de esta vida: una prueba otorgada por Dios, para decidirnos, con nuestro libre albedrío, a favor o en contra de Él, por toda la eternidad. En otras palabras, el ciego al final de la curación, el que es capaz de ver perfectamente, representa al alma que, iluminada por la luz de la fe y de la gracia, sabe que esta vida terrena no es para siempre y por lo tanto no pone su corazón en ella, sino que considera a Jesús y al Reino de los cielos como su verdadero y único tesoro, esforzándose por lo tanto para llevar una vida de gracia y así salvar el alma.

Como el ciego del Evangelio, que se postró ante Jesús para implorarle poder ver, también nosotros nos postramos ante Jesús Eucaristía, para que Él nos ilumine con la luz de su gracia.