sábado, 19 de agosto de 2017

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz”


(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2017)

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz” (Mt 15, 21-28). Una mujer cananea, cuya hija está endemoniada, se acerca a Jesús, implorándole que la libere de la posesión maligna: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". La actitud de Jesús hacia la mujer cananea es, ante todo, llamativa, porque si hay algo que caracteriza su misión, es el realizar milagros de todo tipo, además de exorcismos, como forma de probar que lo que Él dice de sí mismo, que es Dios Hijo, es verdad. Sin embargo, ante la mujer cananea, Jesús no parece ni siquiera conmoverse ante su pedido, porque en un primer momento, “no responde nada”, como si no hubiera escuchado la súplica de la mujer: “Pero él no le respondió nada”. Sólo cuando sus discípulos interceden –y aparentemente, no por caridad, sino porque los molesta con sus gritos, es que Jesús se dirige a la mujer: Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".
         Pero tampoco aquí parece Jesús querer satisfacer el pedido de la mujer y el argumento es que ella es pagana, es decir, no pertenece al Pueblo Elegido, los hebreos: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Esta primera negativa de Jesús no solo no amedrenta a la mujer, sino que le da aún más fuerzas, para dirigirse a Jesús como lo que es, Dios Hijo encarnado, puesto que renueva su pedido pero esta vez, postrándose ante Él, en señal de adoración: “Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!””.
         Tampoco esta actitud parece conmover a Jesús, porque le responde de una manera tal, que la trata, indirectamente, como a un “cachorro”, es decir, como a un perro. Las palabras de Jesús, bien entendidas, son sumamente duras en confrontación con la mujer: “Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Jesús le está diciendo, directamente, que los destinatarios principales de sus milagros son los hebreos, que son los hijos, mientras que los paganos, como ella, son como cachorros de perros, que se alimentan solo de migajas, y después que los hijos han comido bien. Tampoco esta humillación del Hombre-Dios a la mujer cananea la amedrenta; al contrario, la vuelve todavía más humilde. La mujer, lejos de ofenderse por haber sido tratada como un “cachorro de animal”, utiliza la misma figura que utiliza Jesús, para demostrar su fe y su amor a Jesús, puesto que su respuesta se explica solo por la fe y el amor que profesa a Jesús: “Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Es decir, la mujer cananea no solo no se ofende al haber sido tratada -si bien implícitamente y no directamente- con un cachorro de animal, con un perro, sino que acepta este trato que Jesús le da, para continuar luego con su pedido. Es como si dijera: “Está bien, Señor, reconozco que no soy digna de recibir tus milagros, porque soy pagana y no pertenezco al Pueblo Elegido; reconozco que soy como esos cachorritos de perros, que comen sólo las migajas que les dan sus amos, pero te lo suplico, Tú eres Dios, Tú tienes el poder de liberar a mi hija, te suplico, concédeme esta migaja, este milagro, que es nada en comparación a tu poder, y libera a mi hija de la posesión demoníaca”. Es aquí cuando Jesús, que había hecho todo esto sólo para probarla en su fe, pues estaba desde un inicio dispuesto a concederle lo que le pedía, le concede, por haber superado la prueba, lo que le pedía, que era un exorcismo a su hija, y la libera de la posesión demoníaca: “Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada”.
         El episodio evangélico nos deja muchísimas enseñanzas y aparte de Jesús, la que nos enseña es la mujer cananea, y veamos por qué. La mujer cananea demuestra poseer sabiduría y discernimiento de espíritus, porque se da cuenta que su hija no está enferma, ni imagina cosas, sino que es un demonio, un ángel caído, quien la atormenta. Muchos racionalistas, negadores de la vida sobrenatural, minimizan o anulan el obrar demoníaco, haciendo pasar por enfermedades psiquiátricas lo que es una verdadera posesión demoníaca. Son signos de posesión demoníaca el hablar con voz gutural, el conocer cosas ocultas, sobre todo pasadas; el hablar idiomas desconocidos; el poseer fuerza sobrehumana; el odiar todo lo que sea sagrado y pertenezca a Dios, como su Nombre, por ejemplo; el odiar, tanto a Dios como al prójimo –de ahí que el odio sea pecado mortal-; el poseer habilidades sobrehumanas, como caminar por las paredes, hacer bajar la temperatura ambiental, etc. La mujer cananea se da cuenta, porque es capaz de hacer un excelente discernimiento de espíritus, que su hija está poseída por un demonio, descartando de raíz que se trate de alguna enfermedad o de sugestión imaginativa.
         Otro ejemplo que nos da la mujer cananea es su fe en Jesucristo, pero la verdadera fe, que es la fe de la Iglesia Católica: cree en Jesús como Dios, como Hombre-Dios, porque lo trata como a Dios, diciéndole Señor, hijo de David, e implorando piedad. Cree en Jesús como Dios Hombre, porque se postra en adoración ante Él, y porque cree que tiene efectivamente el poder divino, que como Dios le corresponde, para exorcizar a su hija endemoniada, y esto con solo quererlo y estando aún a la distancia.
         Confía en la misericordia divina, porque pide auxilio a Jesús en cuanto Dios: “¡Señor, socórreme!”. Este es un primer ejemplo, de verdadera fe en Jesucristo. Dice San Beda el Venerable: “El evangelio nos muestra aquí la fe grande, la paciencia y la humildad de la cananea... Esta mujer tenía una paciencia realmente poco común”[1].
         La mujer cananea nos da ejemplo de humildad, porque no solo no se ofende cuando es tratada como “cachorro de perro” por el hecho de ser ella pagana y no hebrea, sino que acepta humildemente esta acepción de Jesús, y la utiliza para contra-argumentar a su favor, implorando todavía con más fuerzas su pedido de auxilio a Jesús. No le importa que la llamen “cachorro de perra”, y que solo sea digna de recibir migajas: confía tanto en Dios y lo ama tanto, que para ella, esas migajas, esos pequeños milagros, como la expulsión de un demonio, serán para ella el más delicioso de los manjares.
La mujer cananea nos da ejemplo de esperanza, porque cree más allá de toda dificultad, incluso dificultades que son puestas por el mismo Jesús. Estas dificultades, como hemos podido ver, no solo no le hacen disminuir la fe, sino que la fortalecen cada vez más, y por eso es modelo de esperanza en el Amor de Dios.
         La mujer cananea nos da ejemplo de caridad, es decir, de amor sobrenatural, tanto a Dios como al prójimo: demuestra que ama a Dios no con amor humano, sino con amor sobrenatural, porque no se siente ofendida por el trato que le da Dios en Persona; por el contrario, lo ama aún más, y es ejemplo de amor sobrenatural hacia su hija, porque no duda en humillarse ante Dios, para salvarla del poder del demonio.
         La mujer cananea es ejemplo, entonces, de humildad, de fe, de esperanza, de caridad. Cuando como malos cristianos actuemos con soberbia, acordémonos de la humillación de la mujer cananea; cuando como malos cristianos no creamos en la existencia y actuación del demonio y no tengamos en cuenta que el odio, la falta de perdón, la soberbia, son pecados que nos hacen participar del odio y de la soberbia demoníaca, acordémonos de la sabiduría celestial de la mujer cananea, que le permite hacer un excelente discernimiento de espíritus, detectando la presencia del Enemigo de las almas, la Serpiente Antigua, Satanás; cuando como malos cristianos desfallezcamos en la esperanza, a causa de las pruebas y tribulaciones que con la permisión divina se nos pueden presentar, acordémonos de la mujer cananea; cuando como malos cristianos actuemos con un corazón frío, vacío de amor hacia Dios y el prójimo, acordémonos de la caridad de la mujer cananea; cuando como malos cristianos dudemos de la Presencia viva, real, substancial y verdadera de Jesús en la Eucaristía, acordémonos de la mujer cananea, y postrándonos ante Jesús Eucaristía, pidamos perdón por nuestra soberbia, por nuestra falta de esperanza, por nuestra falta de caridad, por nuestra falta de fe, y roguemos a la mujer cananea, que con toda seguridad está en el cielo, para que interceda ante Jesús y nos conceda la gracia de imitarla en alguna de sus numerosas virtudes, pero sobre todo, en su fe y amor hacia Jesús, el Hombre-Dios.





[1] Cfr. San Beda el Venerable (c. 673-735), Homilía sobre los evangelios, I, 22; PL 94, 102-105.

viernes, 11 de agosto de 2017

“Es un fantasma”


(Domingo XIX - TO - Ciclo A – 2017)

“Es un fantasma” (Mt 14, 22-36). Mientras los discípulos se encuentran en la barca, mar adentro, se desencadena una tormenta. En ese momento, Jesús, que se había quedado a la orilla del mar, se acerca caminando sobre las aguas. Los discípulos, que están en la barca que se encuentra zarandeada por el viento y el oleaje, a pesar de que conocían a Jesús y sabían que era Él, en vez de alegrarse por su Presencia , entran en pánico y, llenos de terror, comienzan a gritar: “¡Es un fantasma!”. Es extraño que los discípulos confundan a Jesús con un fantasma, puesto que lo conocían bien, ya que habían caminado junto con Él, mientras Jesús predicaba el Evangelio; habían presenciado en primera persona sus milagros; habían compartido con Él todos los pequeños detalles de la convivencia humana, que se dan entre hombres que forman un grupo y se dedican a una misión en común, y sin embargo, a pesar de todo esto, cuando lo ven caminando sobre las aguas, llenos de pavor gritan: “¡Es un fantasma!”.
Al acercarse a la barca, Jesús, que todavía no ha subido a la nave, tranquiliza a sus discípulos diciéndoles: “Soy Yo, no teman”. En ese momento Pedro decide ir hacia donde está Jesús, para corroborar que efectivamente se trata de Él y le pide que lo haga ir hasta Él. Jesús lo llama y Pedro, fija la vista en Jesús, toma valor y comienza a caminar sobre las aguas, pero apenas da unos pocos pasos, deja de contemplar a Jesús y mira hacia el mar; toma conciencia de la fuerza y velocidad del viento; escucha el silbido del viento, que semeja a un aullido; escucha el ruido de las olas que golpean la barca, y así, sin mirar a Jesús a los ojos, queda sin la fuerza divina que Jesús le transmitía, entra en pánico por la violencia de la tormenta y el peligro de hundimiento de la nave, y él mismo se comienza a hundir. Es entonces cuando Jesús le extiende su mano, hace subir a Pedro a la barca y calma la tormenta de inmediato con una sola orden de su voz, para luego reprocharle a Pedro su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Finalmente, Jesús sube a la barca, que ya navega tranquila al haber cesado el viento y las olas y los discípulos, con Pedro a la cabeza, y esta vez iluminados en sus mentes y corazones por la luz del Espíritu Santo, se postran en adoración ante Jesús.
La escena, real tiene un significado sobrenatural, además de la debilidad de la fe de Pedro y su falta de contemplación de Jesús, que es lo que lo hace hundirse. El significado sobrenatural de la escena se puede entrever cuando se hace una analogía con las realidades sobrenaturales: la barca representa a la Iglesia; el mar enrarecido, con olas que amenazan con hundir la barca, y el viento que sopla furioso, aumentando cada vez más el tamaño de las olas, representa al mundo sin Dios y bajo el mando del Anticristo y Satanás, que intentan, por todos los medios posibles, corromper a la Santa Madre Iglesia y hundirla para siempre; la falta de reconocimiento de los discípulos hacia Jesús, como así también la actitud de Pedro de dejar de contemplar a Jesús para contemplar las olas y escuchar el viento, representan a los bautizados, sean clérigos, religiosos o laicos que, llevados por el espíritu mundano, abandonan la oración, la contemplación, la adoración eucarística, los sacramentos y la Santa Misa, para a su vez mundanizarse, haciendo lo inverso a lo que estaban destinados en su misión: en vez de ellos, como miembros de la Iglesia Santa, santificar el mundo, al mundanizarse, mundanizan a la Iglesia, corrompiéndola con costumbres mundanas y alejadas de Dios. El hecho de que Jesús camina por las aguas, acercándose hacia la barca, puede significar su Segunda Venida, que acontecerá, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en momentos en que la Iglesia estará atravesando una grave crisis de fe, tan profunda, que parecerá haberse hundido la única y verdadera Iglesia, para ser reemplazada por una iglesia en la que todo lo divino es dejado de lado, comenzando por los Mandamientos de la Ley de Dios y finalizando con los Sacramentos. Este caminar de Jesús sobre las aguas, en dirección a la barca que parece que está por hundirse, podría simbolizar o prefigurar si Segunda Venida: así como los discípulos no lo reconocen, también cuando llegue Jesús, en su Segunda Venida, nadie parecerá reconocerlo, tal será la profundidad de la crisis de fe, y es lo que lleva a Jesús a hacer una pregunta retórica: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). La crisis de fe será una crisis de fe eucarística, porque la Presencia de Jesús en la tierra es su Presencia Eucarística: sin esta Fe Eucarística, la Iglesia se vuelve irreconocible, de ahí la urgencia de una profunda conversión eucarística de todos los bautizados. Con respecto a la crisis de fe que anticipará la Segunda Venida de Jesús, dice así el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”. La tormenta del pasaje del Evangelio, tan intensa que amenaza con hundir la barca, que representa a la Iglesia, bien podría prefigurar esta “prueba final que sacudirá la fe” de los creyentes, una crisis ocasionada por el Anticristo, que intentará suplantar a la Verdadera Iglesia y al Cordero, Jesús Eucaristía, por una iglesia falsa, humana y no divina, apóstata, sin el Cordero de Dios, pues será una Iglesia sin Eucaristía, sin Presencia Real de Jesús en la Hostia consagrada.
“Es un fantasma”. No solo los discípulos y Pedro demuestran falta de fe en Jesús como Hombre-Dios: en nuestros días, innumerables católicos demuestran tener la misma falta de fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, al punto de considerarlo, en la práctica, como “un fantasma”, es decir, como una entidad no real, porque no se cree más en su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía. Si Jesús viniera por Segunda Vez, en la Parusía, hoy, ¿encontraría Fe Eucarística en nosotros?




[1] Cfr. n. 675.

sábado, 5 de agosto de 2017

Fiesta de la Transfiguración del Señor


(Ciclo A – 2017)

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró (Mt 17,1-9). Jesús se transfigura, es decir, deja traslucir la gloria que posee desde la eternidad en cuanto Dios, y es esta gloria celestial, recibida por el Padre desde la eternidad, la que resplandece a través de su Humanidad y a través de sus vestimentas. La Transfiguración significa que la gloria del Ser divino trinitario de Jesús se hace visible, sensible, por unos momentos, para luego ocultarse. La razón de la Transfiguración es, por parte de Jesús, el mostrar a sus discípulos su divinidad, antes de la Pasión: se muestra revestido de gloria y majestad, como Dios que es, para que cuando lo vean en el Monte Calvario, revestido de su propia sangre, y con aspecto que no parece el de un humano –“como ante quien se da vuelta la cara”; “parecía un gusano”, dirán los profetas-, no desfallezcan y, recordando esta visión de su gloria, sean capaces de resistir la dura prueba de la Pasión hasta el final. Por este motivo, la Transfiguración en el Monte Tabor no se comprende si no se contempla a la luz de otro monte, el Monte Calvario, en donde Jesús no aparece revestido de luz y gloria, sino de Sangre y humillación. Jesús se transfigura ante sus discípulos, dice Santo Tomás, para que cuando ellos lo vean cubierto de sangre, de golpes, de heridas abiertas; coronado de espinas, flagelado, insultado, condenado a muerte y llevando una pesada cruz, recuerden que ese Hombre, que en la Pasión aparece débil, ultrajado y crucificado, es en realidad Dios omnipotente, que de esta manera, con su Sangre derramada en la Cruz, lava nuestros pecados, nos concede la gracia santificante que nos convierte en hijos adoptivos de Dios y nos abre las puertas del Reino de los cielos.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que ése es el destino final al cual estamos llamados desde el Bautismo; Jesús se transfigura, deja que la gloria divina sea visible a través de su Humanidad, para que nosotros sepamos cómo serán nuestros cuerpos en la bienaventuranza eterna, serán como el Cuerpo de Jesús, resplandecientes de luz, de gloria celestial, sin ningún dolor, sin ninguna imperfección, sin envejecer ya jamás y, lo más importante, inhabitados por el Espíritu Santo y resplandecientes de gloria divina. Ahora bien, si estamos destinados a la Transfiguración, debemos saber que no llegaremos a ella si no es por la Cruz, porque así como Jesús pasó por la Pasión antes de ser glorificado a la diestra del Padre, así también nosotros, no llegaremos a la luz, sino es por la cruz, porque estamos llamados a imitar en todo a nuestro Señor, de modo especial, su Pasión y Muerte en Cruz.

         Si queremos entonces habitar algún día en el Reino de Dios, por toda la eternidad, entonces tenemos que estar dispuestos a abrazar la cruz, a seguir a Jesús, Camino, Verdad y Vida, por el Via Crucis, y a ser crucificados con Él en el Gólgota. Renegar de la Cruz es renegar de la luz; abrazar la Cruz es abrazar la gloria y la luz de Cristo.

jueves, 3 de agosto de 2017

“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”


“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47-53). Jesús compara al Reino de los cielos con una red que atrapa toda clase de peces, los cuales son separados por los pescadores, dejando los buenos y desechando los malos. La imagen se entiende si se reemplazan sus elementos naturales por los sobrenaturales: la red es Cristo y su Iglesia; el mar es el mundo; los peces son los hombres; los pescadores, los ángeles; la separación de los pescados buenos, o sea, los que están en condiciones de ser vendidos en el mercado, de los malos, aquellos que no sirven porque están en descomposición, es la separación de las almas destinadas a la eterna bienaventuranza, de aquellas destinadas a la eterna condenación en el Infierno.

Trabajemos en esta vida por el Pan de vida eterna, la Eucaristía, para así poder llegar al Reino de los cielos.

sábado, 29 de julio de 2017

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…”


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-52).
         Puesto que no sabemos cómo es el Reino de Dios, ya que no tenemos experiencia de la vida eterna y de la bienaventuranza, Jesús nos lo describe con tres imágenes: un tesoro escondido en un campo, un negociante que descubre una perla de gran valor, y una red con peces, de los cuales se conservan los buenos y se descartan los que ya no sirven.
         En las tres imágenes, lo que hay en común es algo de mucho valor: un tesoro, una perla, una red de peces que, aunque hay algunos malos, la mayoría sirve. En las tres imágenes, con las que se compara al Reino de Dios, el Reino es equiparado a alguna cosa –desconocida, misteriosa-, que vale mucho; tanto, que justifica que, el que lo quiera comprar, esté decidido a “venderlo todo”. Es algo valioso y que proporciona alegría cuando se lo adquiere, tal como el hombre de la parábola, que “vende todo lo que tiene” y “lleno de alegría”, “compra el campo”.
         Ahora bien, ¿qué es este elemento misterioso –tesoro, perla, peces-, que constituye el Reino de los cielos y por cuya posesión vale la pena venderlo todo? Para Santo Tomás de Aquino[1], el tesoro escondido es la eternidad –obviamente, la eternidad bienaventurada en la visión beatífica de la Trinidad, y no la eternidad del Infierno. En Homilía sobre el Credo, Santo Tomás afirma que el término final de todos nuestros deseos es “la vida eterna”, en la cual “el hombre se une con Dios” y en donde el hombre, hecho por Dios y para Dios, ve cumplidos todos sus deseos, porque en esa unión encuentra mucho más de lo que podría llegar a desear o esperar. Dice así Santo Tomás: “Es lógico que la meta de todos nuestros deseos, es decir, la vida eterna, sea mencionado en el Credo, al final de todo lo que se nos propone creer: “Y la vida eterna. Amén.” En la vida eterna está la unión del hombre con Dios.. la alabanza perfecta..., y el cumplimiento de todos nuestros deseos, porque cada uno de los bienaventurados poseerá aún más de lo que puede desear y esperar”.
Para Santo Tomás, el Reino de Dios no puede consistir nunca en algo creado, en algo que pertenezca a esta vida terrena, al tiempo y a la historia, porque nada de lo creado puede satisfacer al hombre de modo perfecto, desde el momento en que la sed de felicidad, inscripta en el alma humana como un sello desde el instante mismo de su creación, solo puede ser saciada con Dios y su Amor. Dice así Santo Tomás, citando también a San Agustín: “En esta vida, nadie puede cumplir todos sus deseos. Nunca nada creado podrá satisfacer al hombre perfectamente. Sólo Dios satisface infinitamente. Por esto, sólo en Dios tenemos descanso, como lo dice San Agustín: “Nos has hecho par Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”[2].
         En la vida eterna, dice Santo Tomás, los bienaventurados verán extra-colmados sus deseos y de manera tal, que desbordarán de gloria y alegría, porque las verdaderas delicias, y los verdaderos deleites –no los sensuales ni los pecaminosos de cualquier orden, sino ante todo los amores espirituales verdaderos y buenos, como el amor de amistad, el amor esponsal, el amor filial, y todo tipo de amor humano bueno-, encontrarán en el cielo su realización plena y perfecta. Continúa Santo Tomás: “Ya que en la patria celeste los santos poseerán a Dios perfectamente, es evidente que no sólo su deseo será colmado sino que desbordarán de gloria. Por esto dice el Señor: “Entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 21) Y San Agustín dice a este propósito: “No todo el gozo entrará en los que se alegrarán. En cambio, ellos entrarán del todo en el gozo eterno”. En un salmo se dice: “Quisiera contemplarte en tu santuario, ver tu poder y tu gloria.” (Sal 62, 3) y en otro: “el Señor te dará lo que desea tu corazón” (Sal 37, 4). Cuando uno desea las delicias verdaderas es aquí donde se encuentra la delectación suprema y perfecta porque consistirá en el bien supremo que es Dios mismo: “A tu derecha, delicias por siempre” (Sal 15, 11).
“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…”. Si el tesoro escondido es la eternidad bienaventurada en los cielos, entonces en la tierra, el tesoro escondido es la Eucaristía, porque la Eucaristía es Dios Hijo en Persona, que es la eternidad en sí misma. Si los católicos entendiéramos y verdaderamente apreciáramos que la Eucaristía es el tesoro escondido en ese campo celestial que es la Iglesia Católica, entonces no dudaríamos no solo en vender todo lo que tenemos, con tal de adquirirlo, sino que daríamos nuestras vidas, con tal de adquirir el campo y su tesoro; si los católicos verdaderamente consideráramos y apreciáramos a la Eucaristía y a la Santa Misa como el tesoro escondido de la parábola, no dudaríamos en pedir la muerte, antes que perder la gracia por un pecado mortal o venial deliberado, porque perdida la gracia, se pierde toda posibilidad de acceder al tesoro más valioso que infinitos cielos eternos, el Cuerpo de Jesús, glorioso y resucitado en la Eucaristía.



[1] Cfr. Homilía sobre el Credo.

[2] Cfr. ibidem.

viernes, 21 de julio de 2017

“Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña”


(Domingo XVI - TO - Ciclo A – 2017)
         “Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña” (Mt 13, 24-43). Jesús utiliza la figura de un hombre que posee un campo y que siembra una buena semilla de trigo. Al caer la noche, su enemigo, que lo odiaba, entra sigilosamente en su campo y siembra cizaña en medio del trigo. Para comprender la parábola, es necesario detenernos un instante en la consideración de qué es la cizaña: la cizaña es muy similar exteriormente al trigo, pero la diferencia es que es esta es inútil para la alimentación, por lo que para lo único que sirve es para ser arrojada al fuego. El enemigo del hombre de la parábola, lo odiaba tanto, que en su odio había ideado un plan perverso para arruinar económicamente a aquel que tanto odiaba, y era volver inútil el sembrado de trigo, sembrando la cizaña: pensaba que al crecer juntos le trigo y la cizaña, el hombre no se tomaría el trabajo de separarlos, mandaría a quemar toda la cosecha, y se vería arruinado económicamente y esa es la razón por la cual siembra la cizaña en medio del trigo. Hecha esta consideración, continuamos con la parábola, que nos dice que, con el tiempo, parecen cumplirse los deseos perversos del enemigo del hombre, ya que empezaron a crecer las semillas de trigo, pero también las de la cizaña, lo que llevó a los criados a preguntarle al amo si quería que la arrancaran, a lo que el amo –que sabía que era su enemigo el que le había provocado este daño- les contesta que no, porque al arrancar la cizaña, se podría arrancar también el trigo. Les dice entonces que los dejen crecer juntos hasta la siega; allí se les dirá a los segadores que arranquen primero la cizaña, que la aten en gavillas y que la arrojen al fuego, mientras que el trigo será almacenado en el granero. De esa manera, el hombre destruye y frustra el plan maligno que su enemigo había trazado para él.
         La parábola, que es explicada por el mismo Jesús, se comprende cuando se atribuyen personas y roles a los elementos presentes en la parábola: “el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores son los ángeles”.
         Con esta parábola, entonces, Jesús describe qué es lo que sucederá en el Día del Juicio Final: los buenos, aquellos que se saben pecadores pero que a pesar de esto luchan para combatir el pecado y perseverar hasta el final en la gracia, en la negación de sí mismos y en el seguir a Jesús por el camino de la Cruz, serán llevados al Cielo; los malos, los que negando la gracia de la conversión persistan en el mal querido y deseado voluntariamente, como forma de rebelión contra Dios, Bondad infinita, participando voluntariamente de la rebelión del Demonio contra Dios en los cielos, serán condenados en el Infierno, aunque nadie caerá en el Infierno sin saberlo, y nadie irá al Cielo sin desearlo; todos irán al destino eterno que libremente eligieron por sus obras hechas en plena conciencia, buenas o malas. Dice el libro de la Sabiduría: “Los justos vivirán eternamente: recibirán de la mano del Señor un reino espléndido y una maravillosa diadema”[1]. Pero a los que antepusieron la maldad a la bondad, los bienes perecederos a los bienes eternos, el pecado a la gracia, se preguntarán, una vez que ya hayan sido condenados, una vez que estén ya en el lago de fuego infernal: “¿De qué nos sirve el orgullo? ¿Qué utilidad no ha reportado la vanidad de las riquezas? Todo esto se ha desvanecido como una sombra, ha desaparecido como ligera posta, como la huella de un navío en el agua… hubimos nacido apenas y dejamos de existir… y en nuestra malicia nos consumiremos”[2].
Mientras los buenos, los que perseveren en la gracia, serán llevados al cielo, los malos, los que voluntariamente quisieron hacer el mal para apartarse de Dios, serán conducidos al Infierno; en ese momento los malvados se darán cuenta, aunque ya muy tarde, que la gracia era el bien más valioso de esta vida, y que todos los bienes malhabidos, por inmensos que hubieran sido, ya no existen más, y que sólo tienen con ellos el odio a Dios, al Demonio, a los ángeles caídos, a los otros condenados, además del dolor insoportable causado por el fuego, dolor del que se darán cuenta, en el instante en que comienzan a percibirlo, que nunca jamás habrá de finalizar. Que el Infierno sea un lugar real y para siempre, nos lo enseña el Magisterio de la Iglesia y también los santos de la Iglesia Católica, como Santa Verónica Giuliani[3], quien así lo describe: “En un momento, me encontré en un lugar oscuro, profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros, rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron. También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto no es nada. Me pareció ver una gran montaña como formada toda por una enrome cantidad de víboras, serpientes y basiliscos entrelazados en cantidades infinitas; no se distinguía uno de las otras. La montaña viva era un clamor de maldiciones horribles. Se escuchaba por debajo de ellos maldiciones y voces espantosas. Me volví a mis Ángeles y les pregunté qué eran aquellas voces; y me dijeron que eran voces de las almas que serían atormentadas por mucho tiempo, y que dicho lugar era el más frío. En efecto, se abrió enseguida aquel gran monte, ¡y me pareció verlo todo lleno de almas y demonios! ¡En gran número! Estaban aquellas almas pegadas como si fueran una sola cosa y los demonios las tenían bien atadas a ellos con cadenas de fuego, que almas y demonios son una cosa misma, y cada alma tiene encima tantos demonios que apenas se distinguía. El modo en que las vi no puedo describirlo; sólo lo he descrito así para hacerme entender, pero no es nada comparado con lo que es. Fui transportada a otro monte, donde estaban toros y caballos desenfrenados los cuales parecía que se estuvieran mordiendo como perros enojados. A estos animales les salía fuego de los ojos, de la boca y de la nariz; sus dientes parecían agudísimas espadas afiladas que después reducían a pedazos todo aquello que les entraba por la boca; incluso aquellos que mordían y devoraban las almas. ¡Qué alaridos y qué terror se sentía! No se detenían nunca, fue cuando entendí que permanecían siempre así. Vi después otros montes más despiadados; pero es imposible describirlos, la mente humana no podría nunca comprender. En medio de este lugar, vi un trono altísimo, larguísimo, horrible ¡y compuesto por demonios! Más espantoso que el infierno, ¡y en medio de ellos había una silla formada por demonios, los jefes y el principal! Ahí es donde se sienta Lucifer, espantoso, horroroso. ¡Oh Dios! ¡Qué figura tan horrenda! Sobrepasa la fealdad de todos los otros demonios; parecía que tuviera una capa formada de cien capas, y que ésta se encontrara llena de picos bien largos, en la cima de cada una tenía un ojo, grande como el lomo de un buey, y mandaba saetas ardientes que quemaban todo el infierno. Y con todo que es un lugar tan grande y con tantos millones y millones de almas y de demonios, todos ven esta mirada, todos padecen tormentos sobre tormentos del mismo Lucifer. Él los ve a todos y todos lo ven a él. Aquí, mis Ángeles me hicieron entender que, como en el Paraíso, la vista de Dios, cara a cara, vuelve bienaventurados y contentos a todos alrededor, así en el infierno, la fea cara de Lucifer, de este monstruo infernal, es tormento para todas las almas. Ven todas, cara a cara el Enemigo de Dios; y habiendo para siempre perdido Dios, y no tenerlo nunca, nunca más podrán gozarlo en forma plena. Lucifer lo tiene en sí, y de él se desprende de modo que todos los condenados participan de ello. Él blasfema y todos blasfeman; él maldice y todos maldicen; él atormenta y todos atormentan. - ¿Y por cuánto será esto?, pregunté a mis Ángeles. Ellos me respondieron: - Para siempre, por toda la eternidad. ¡Oh Dios! No puedo decir nada de aquello que he visto y entendido; con palabras no se dice nada. Aquí, enseguida, me hicieron ver el cojín donde estaba sentado Lucifer, donde eso está apoyado en el trono. Era el alma de Judas. Y bajo sus pies había otro cojín bien grande, todo desgarrado y marcado. Me hicieron entender que estas almas eran almas de religiosos; abriéndose el trono, me pareció ver entre aquellos demonios que estaban debajo de la silla una gran cantidad de almas. Y entonces pregunte a mis Ángeles: - ¿Y estos quiénes son? Y ellos me dijeron que eran Prelados, Jefes de Iglesia y de Superiores de Religión. ¡Oh Dios!!!! Cada alma sufre en un momento todo aquello que sufren las almas de los otros condenados; me pareció comprender que ¡mi visita fue un tormento para todos los demonios y todas las almas del infierno! Venían conmigo mis Ángeles, pero de incógnito estaba conmigo mi querida Mamá, María Santísima, porque sin Ella me hubiera muerto del susto. No digo más, no puedo decir nada. Todo aquello que he dicho es nada, todo aquello que he escuchado decir a los predicadores es nada. El infierno no se entiende, ni tampoco se podrá aprender la acerbidad de sus penas y sus tormentos. Esta visión me ha ayudado mucho, me hizo decidir de verdad a despegarme de todo y a hacer mis obras con más perfección, sin ser descuidada. En el infierno hay lugar para todos, y estará el mío si no cambio vida. ¡Sea todo a gloria de Dios, según la voluntad de Dios, por Dios y con Dios!”.
Otro elemento que debemos considerar es que en la cizaña están representados los que voluntariamente viven alejados de Dios, mientras que en el trigo, están simbolizados quienes viven en gracia, pues Jesús mismo, se compara a sí mismo con un grano de trigo, cuando dice que “el grano de trigo debe caer en tierra para dar fruto”, ya  que ése es Él que muere en la cruz y da el fruto de  la Resurrección. Y así como Jesús, cuyo Cuerpo es trigo que es molido en la Pasión y cocido en el Fuego del Espíritu Santo en la Resurrección, para ser donado como Pan de Vida eterna en el altar eucarístico, así también, sus seguidores, quienes sean cristianos no solo de nombre sino de obra también, son comparados con el trigo de la parábola, porque por la gracia, los cristianos son unidos a Él y participan de su Pasión redentora, convirtiéndose en corredentores de sus hermanos.
Jesús es el Dueño del mundo, el Creador del universo, tanto visible como invisible, y Él siembra la semilla buena de la gracia en los corazones de los hombres para que, participando de su divinidad, se unan a Él en su sacrificio redentor y se ofrezcan como trigo limpio y puro para ser convertidos en otros tantos cristos, ofrecidos al Padre en el Santo Sacrificio del altar, para la salvación de los hombres. Así como Jesús, que es trigo molido en la Pasión y cocido en el Fuego del Espíritu Santo, se convierte en Pan de Vida eterna, ofrecido al Padre como sacrificio purísimo y perfectísimo en expiación por los pecados del mundo, así también los cristianos que, por la gracia, se convierten en otros cristos, al unirse a su Cuerpo Místico por el Espíritu Santo, y son ofrecidos por María Virgen al Padre, en su Hijo y por su Hijo, como víctimas en la Víctima que es Cristo, para expiar los pecados del mundo.
Por este motivo es que, si deseamos ser la buena semilla de trigo y no la cizaña, debemos unirnos espiritualmente al pan y al vino que se ofrecen en el altar eucarístico, pero que todavía no son Jesús, para que cuando venga el Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, en el momento de la consagración, en la transubstanciación, se incendien con este Divino Fuego nuestros corazones en el Amor de Dios. Ofrezcamos, interior y espiritualmente, todo lo que somos y tenemos, toda nuestra vida, todo nuestro ser, simbolizado en los granos de trigo unidos en el pan del altar, el pan de la ofrenda, para ser quemados por el Fuego que viene de lo alto al pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración, que convierten el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. De esa manera, así como el pan corriente, hecho de trigo sin levadura, por la acción del Fuego Divino que es el Espíritu Santo, se convierte en el Pan de Vida eterna, el Cuerpo resucitado y glorioso de Jesús, así también nuestro ser y nuestra vida, ofrecidos en la patena antes de la consagración, interior y espiritualmente, se convertirán en ofrenda agradable a Dios, al subir como aroma de suave incienso, al estar unidos al Cuerpo de Jesús como su Cuerpo Místico, animado por su Espíritu, el Espíritu Santo.
         Pero de la misma manera a como Cristo tiene su Cuerpo Místico, que es ofrecido en oblación por la salvación del mundo, así también el Diablo o Demonio, la Serpiente Antigua, también tiene su contra-cuerpo místico, la masonería eclesiástica y política, los hombres que participando y uniéndose al Demonio en su odio deicida, buscan de todas formas la destrucción de la Iglesia, de la familia, del orden natural y que se ofrecen para la obra destructora satánica. Es la cizaña, que solo sirve para ser arrojada al fuego del Infierno, porque quien se une al Demonio en su lucha contra Dios, tiene un único destino, la eterna condenación, de no mediar la conversión. Sin embargo, no hace falta pertenecer a la Masonería para formar parte de las filas del Demonio: basta con ser indiferentes a la gracia, a los Mandamientos de la Ley de Dios, a los sacramentos de la Iglesia Católica; basta con cruzarse de brazos ante el embate infernal que, día a día, por los medios de comunicación, destruyen a pasos agigantados, desde dentro y fuera de la Iglesia, a la Iglesia, a la familia y a todo lo que sea el orden natural, creado y querido por Dios. Basta con apoyar la anti-natura y las expresiones de la cultura de la muerte –aborto, eutanasia, FIV, alquiler de vientres, clonación humana, etc.- para ser la cizaña, condenada al fuego eterno. Basta con integrar, de modo voluntario y sin intención alguna de salir de ellos, los grupos explícitamente nombrados en la Escritura como aquellos que nunca entrarán en el Reino de los cielos: los apóstatas, los criminales, los hechiceros –y aquí están las prácticas de la Nueva Era, como yoga, reiki, metafísica gnóstica, vudú, esoterismo, ocultismo, satanismo-, los que se embriagan, los fornicarios, los adúlteros, los homosexuales –no quiere decir que el homosexual, por serlo, se condenará, sino aquel que no desee ni busque vivir la castidad, que es lo que se le pide a todo heterosexual. En definitiva, forman la cizaña sembrada por el Maligno los obradores de iniquidad en todas sus variantes, aunque se condenarán aquellos que, voluntaria y deliberadamente, persistan en el mal, y no quienes, cayendo por la debilidad humana, hagan propósito de enmienda y busquen, con todas sus fuerzas, vencerse a sí mismos con la ayuda de la gracia y seguir al Cordero por el Camino Real de la Cruz.



[1] 5, 16-17.
[2] 5, 8-13.
[3] La visión del infierno de Santa Verónica Giuliani, clarisa, 1660-1727; cfr. https://www.taringa.net/posts/paranormal/19857943/Santa-Veronica-Giuliana-y-el-infierno.html

“El Hijo del hombre es dueño del sábado”



“El Hijo del hombre es dueño del sábado”  (Mt 12, 1-8). Jesús y sus discípulos atraviesan un sembrado en sábado y, al sentir hambre, los discípulos arrancan las espigas de trigo y comienzan a comerlas. Esto es motivo de (falso) escándalo para los fariseos, quienes advierten a Jesús: “Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado”. La razón de la advertencia es que el segar y el trillar eran dos de las treinta y nueve obras prohibidas en sábado: la casuística rabínica posterior consideraba la acción de arrancar las espigas como segar, y el frotarlas o restregarlas entre las manos como trillar[1]m dándole la razón así a los celosos fariseos. A los ojos de los fariseos, los discípulos de Jesús están cometiendo una falta, pues obran lo que está prohibido en sábado, y esto con el consentimiento de su Maestro, Es decir, Jesús. Rehusando entrar en discusiones casuísticas, Jesús soluciona la cuestión basándose en el principio de que la necesidad excusa de tal ley positiva, citando el ejemplo del rey David[2], a quien el sumo sacerdote Ajimelec le permitió comer de los doce panes llamados ordinariamente “de la faz” –llamados así porque eran colocados en presencia de Dios en el santuario- o “de la proposición” –es decir, “colocado delante”-. Estas ofrendas se renovaban cada semana y, una vez retirados y a causa de su carácter sagrado, eran comidos por los sacerdotes. Pero la necesidad de David prevaleció sobre esta ley positiva y la excepción fue sancionada por el sumo sacerdote.
Nuestro Señor agrega que el sacrificio del templo se ofrece en sábado, lo cual es una transgresión literal del descanso sabático, dando a entender lo mismo, esto es, que el servicio del templo es único y claramente trasciende todos los demás deberes. Afirma además que “aquí hay algo más grande que el templo”, lo cual presenta a la Persona de Jesús –la Segunda de la Trinidad- como el gran sustituto del antiguo santuario. Los fariseos no habían penetrado ni siquiera el espíritu de la antigua ley; en caso contrario, no se habrían dejado llevar por sus escrúpulos legales, emitiendo juicios privados de prudencia y caridad respecto de los discípulos inocentes. Estos son inocentes porque su Maestro, el Hijo del hombre, es Señor del sábado, que es de institución divina, y puesto que Él es el Dios que lo instituyó, es el Dios que puede dispensar cuando Él mismo quiera. La reivindicación de Jesús como “Señor del sábado” no puede ser explicada ni entendida de manera adecuada si no es a la luz de la divinidad de Cristo[3], esto es, que Él la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth.
“El Hijo del hombre es dueño del sábado”. El mismo Dios que instituyó el sábado como día del Señor, lo reemplaza por el Domingo, el nuevo y definitivo "Dies Domini", "Día del Señor", al resucitar “al tercer día” y es el mismo Señor quien nos alimenta, no con panes terrenos, hechos de trigo y agua, sino con el Pan de Vida eterna, su Cuerpo sacramentado, la Eucaristía.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Ediciones Herder, Barcelona 1957.
[2] 1 Sam 21, 1-6.
[3] Cfr. Orchard, o. c., 392.