viernes, 8 de diciembre de 2017

“Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”


(Domingo II - TA - Ciclo B - 2017 – 2018)

“Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mc1, 1-8). Juan el Bautista anuncia la Llegada del Mesías y la necesidad, por lo tanto, de preparar el corazón para esta venida, siendo por lo tanto la conversión el eje central de su prédica. Es a la conversión del corazón a lo que el Bautista hace referencia, cuando dice: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Como último profeta del Antiguo Testamento, que precede inmediatamente al Mesías, el Bautista sabe que el Mesías ya está entre los hombres, pero para poder recibirlo, a Él y a su Evangelio, el alma debe purificarse de todo lo malo, de todo lo mundano, de todo lo que la separa de Dios. Dios es santidad infinita e increada, el hombre es “nada más pecado”, por lo que, para recibir al Mesías, Fuente de la santidad, el hombre debe despojarse del pecado, de ahí la insistencia del Bautista acerca de la necesidad de conversión del corazón.
El corazón sin convertir es como el girasol durante la noche: así como el girasol está inclinado hacia el suelo, con su corola cerrada, así el corazón sin la conversión, está cerrado a la gracia divina, al tiempo que está apegado a las cosas de la tierra. El corazón sin conversión, aun si viene a Misa, comulga, se confiesa, es un corazón apegado a su propio juicio y no al juicio y a los Mandamientos de Cristo; es un corazón que piensa solo en las cosas terrenas, mundanas y carnales, sin pensar nunca en la vida del espíritu y en la eterna bienaventuranza que espera a los buenos, más allá de esta vida. Es así que su corazón es sinuoso, porque vive en la mentira y el engaño; presenta valles y montañas, es decir, se deja llevar por la pereza espiritual y por la soberbia, los dos grandes pecados de los cuales surgen todos los demás pecados y todos los vicios del hombre. El tiempo de Adviento es por lo tanto tiempo propicio para la conversión del corazón, para que el corazón, despegándose de las cosas terrenas, eleve su mirada al cielo, así como el girasol, cuando despunta la Estrella de la mañana anunciando la llegada del sol y del nuevo día, así el corazón, con la intercesión de María, Estrella de la mañana, Mediadora de todas las gracias, recibiendo la gracia de la conversión, eleve su mirada al cielo, en donde resplandece Jesús Eucaristía, Sol de justicia. Y de la misma manera a como el girasol sigue al sol en su movimiento sobre el cielo, así el alma no debe dejar de contemplar a ese Sol del cielo, que es Jesús Eucaristía, por medio de la adoración eucarística.
Entonces, durante la segunda semana de Adviento, la liturgia nos invita al arrepentimiento y al cambio de vida –dejar de vivir como hijos de las tinieblas para vivir como hijos de la luz, o bien dejar de vivir en la tibieza, para vivir en el fervor de la santidad-, por medio del llamado del Bautista: “Preparen el camino, Jesús llega”. El Mesías que viene es Dios Tres veces Santo, por eso el alma debe santificarse para su venida y el movimiento previo a la santificación es la conversión, es decir, el desapegarse de esta vida terrena, para elevar la vista del alma a Jesús en la Cruz y en la Eucaristía. Es para la preparación de esta Venida de Dios, que la Iglesia destina el tiempo de Adviento[1].
Al hablar del Adviento, San Cirilo de Jerusalén decía: “Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola -dice-, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior”. Y continúa con la contraposición de estas dos venidas: “En la primera venida fue envuelto con pajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles”. Para estas dos venidas o advientos –para la conmemoración litúrgica de la primera, es decir, Navidad, y para esperar la Segunda Venida en la gloria-, necesitamos convertirnos, aunque también necesitamos convertirnos para un “tercer adviento”, que sucede de modo milagroso, en cada Santa Misa. Veamos en qué consiste este tercer adviento: parafraseando a San Cirilo, nosotros podemos agregar una tercera, intermedia, que se da en la Eucaristía: allí, Jesús viene desde el cielo hasta el altar eucarístico; viene glorioso y resucitado, aunque misteriosamente, renueva también su sacrificio en la cruz; viene oculto en apariencia de pan, pero viene, porque eso que parece pan ya no lo es, porque es Él en Persona, el mismo Dios que vino en Belén, y el mismo Dios que vendrá al fin del mundo para juzgar a la humanidad, es el mismo Dios que viene a nosotros por la Eucaristía. Sobre el altar, Jesús renueva su sacrificio en cruz, pero lo que comemos no es la carne de su Cuerpo muerto en el Calvario, sino la carne gloriosa y resucitada de su Cuerpo glorioso en el Día Domingo; baja al altar rodeado de la corte celestial de ángeles y santos, corte a cuya cabeza está la Reina de cielos y tierra, María Santísima. Para esta Venida Intermedia, en la Eucaristía, también necesitamos convertirnos y vivir en gracia, única forma en que recibiremos al Señor de forma digna y con el amor que Él se merece, en nuestros corazones.
  “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Por último, ¿de qué manera cumplir con el pedido del Bautista, de “allanar los senderos” para el Señor que viene? ¿Qué es lo que debemos hacer en el Adviento, de modo tal que nuestras almas sean capaces de vivir una Navidad cristiana y no pagana, es decir, una Navidad en donde el centro es Papá Noel, lo que importa es la comida y los regalos y no el esperar y recibir a Dios hecho Niño? Para vivir un Adviento de modo tal de preparar adecuadamente el espíritu para la Venida del Señor y evitar así una Navidad pagana, debemos meditar con viva fe y con ardiente amor el gran beneficio de la Encarnación del Hijo de Dios, es decir, debemos recordar que la Navidad no es lo que nos dicen los medios, sino lo que nos enseña la Iglesia: la conmemoración y el memorial, por la liturgia eucarística, de la Primera Venida del Redentor; reconocer nuestra miseria y la suma necesidad que tenemos de Jesucristo y por lo tanto, la necesidad que tenemos de hacer penitencia, para reparar nuestros pecados y los de nuestros hermanos; suplicarle a María Santísima que convierta a nuestros corazones en otros tantos pesebres, en donde el Señor venga a nacer y crecer espiritualmente en nosotros con su gracia; prepararle el camino con obras de misericordia, con oración y frecuencia de los Santos Sacramentos; meditar y reflexionar en la Verdad de Fe que significa su Segunda Venida, en la cual no vendrá como Dios Misericordioso, sino como Justo Juez, y para ese entonces, deberemos tener las manos llenas, no de oro y plata, sino de obras meritorias para el cielo, así como el corazón con amor a Dios y al prójimo, de manera tal que podamos atravesar el Juicio Particular y el Juicio Final, para poder pasar a gozar del Reino de Dios.



[1] En cuanto tiempo litúrgico, el Adviento se divide en dos partes: Primera Parte del Adviento: desde el primer domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la venida del Señor al final de los tiempos; Segunda Parte: desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, es la llamada Semana Santa de la Navidad y se orienta a preparar más explícitamente a la conmemoración -por el misterio de la liturgia eucarística, que hace presente la realidad conmemorada- la Primera Venida de Jesucristo en las historia, su Nacimiento en Belén. Con respecto a qué tipo de venida, el Adviento se divide en cuatro “formas” de Adviento: Adviento Histórico: es la espera en que vivieron los pueblos que ansiaban la venida del Salvador. Va desde Adán hasta la Encarnación, abarca todo el Antiguo Testamento; Adviento Místico: es la preparación moral y espiritual, por la gracia, del hombre de hoy a la Venida del Señor. El hombre se santifica para aceptar la salvación que viene de Jesucristo; Adviento Escatológico: es la preparación a la llegada definitiva del Señor, al final de los tiempos, cuando vendrá para coronar definitivamente su obra redentora, dando a cada uno según sus obras. El término mismo “Adviento” admite una doble significación: puede significar tanto una venida que ha tenido ya lugar como otra que es esperada aún, es decir, significa presencia y espera. En el Nuevo Testamento, la palabra griega equivalente es “Parousia”, que puede traducirse por venida o llegada, pero que se refiere más frecuentemente a la Segunda Venida de Cristo, al día del Señor. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

"Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento"


(Domingo I - TA - Ciclo B - 2017 – 2018)

¿Qué es el Adviento? ¿Qué celebra la Iglesia Católica en Adviento? La palabra “Adviento” significa “venida” o “llegada”. Era utilizada entre los antiguos paganos para significar la venida o llegada de la divinidad. En el caso de la Iglesia Católica, el Adviento –el verdadero y único Adviento, que supera las sombras del paganismo- es esperar la “llegada” o “venida” de Jesús y aunque se coloca en el tiempo previo a la Navidad, implica no solo la preparación del alma y de la Iglesia para la conmemoración de la Primera Llegada del Redentor en Belén, sino que implica también la preparación del alma y de la Iglesia para la Segunda Venida en la gloria del Redentor.
         Es decir, el tiempo de Adviento es un doble tiempo de espera: de la Primera llegada o venida de Jesús, en el recuerdo y en la memoria litúrgica de la Iglesia, y de espera de la Segunda Venida en la gloria.
         Esto explica el tenor de las lecturas que se utilizan en este tiempo y explica también el sentido penitencial del tiempo de Adviento. En cuanto a las lecturas, la Iglesia se coloca en la posición de los justos del Antiguo Testamento, es decir, el ambiente espiritual es “como si” Jesús no hubiera venido todavía, porque se habla de las profecías mesiánicas, que anunciaban que el Redentor habría de nacer de una Virgen, como por ejemplo, en Isaías. Pero las lecturas también hablan de las profecías de Jesús acerca del final de los tiempos y por lo tanto de su Segunda Venida en la gloria (cfr. Mc 13, 33-37), porque el otro objetivo del Adviento es, precisamente, este, el de prepararnos para la Parusía, para la Segunda Venida de Jesús. A diferencia de la Primera Venida, que fue en lo oculto y sin que casi nadie se enterase –con excepción de su Madre, la Virgen, su Padre adoptivo y los pastores a los que los ángeles se lo comunicaron-, en la Segunda Venida, Jesús vendrá en el esplendor de su gloria y será visto por toda la humanidad de todos los tiempos.
Ahora bien, podemos decir que hay un tercer significado de Adviento y es el “Adviento” particular que se produce en cada Santa Misa, puesto que en ella, el Señor viene –en la realidad de su Ser divino trinitario y en la Segunda Persona de la Trinidad- oculto en cada Eucaristía, para habitar en nuestros corazones.
         Por este motivo, podemos decir que el Adviento tiene un triple significado[1]: recordar, litúrgicamente, el pasado, es decir, la Primera Venida, y esto implica celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. El Señor ya vino y nació en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Esta fue su Primera Venida. Aunque debemos decir que, por la liturgia eucarística, el “recuerdo” no es un mero recuerdo psicológico, sino que es un recuerdo que actualiza el misterio que se recuerda.
Un ejemplo nos ayudará a entender: cuando recordamos con la memoria a un ser querido ausente, este recuerdo no lo trae “en persona” a este ser querido, por grande que sea el amor que le tengamos. En cambio la Iglesia, por el memorial de la Santa Misa, hace recuerdo de la Primera Venida –eso es “memorial”- y, de un modo misterioso pero no menos real, “trae” a nuestro hoy –o también, nos lleva a nosotros al “hoy” de hace veinte siglos- al misterio de la Primera Venida del Señor en el Pesebre de Belén. Por eso podemos decir que, por la Santa Misa, en Navidad, nos encontramos misteriosa pero realmente, de frente al Señor nacido milagrosamente de la Virgen hace veintiún siglos.
El segundo significado del Adviento es el de prepararnos, como Iglesia y como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, para el futuro, es decir, prepararnos para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”. Como nos enseña el Catecismo, en ese entonces no vendrá como Dios misericordioso, sino como Rey de reyes y Señor de señores y como Juez de todas las naciones; toda la humanidad comparecerá ante su Presencia majestuosa, para recibir, los buenos –los que lucharon contra el pecado, procuraron vivir en gracia, obraron la misericordia, creyeron en su Nombre y trataron de vivir en la caridad de Cristo y todo a pesar de sus miserias personales-, el premio del Cielo, mientras que a los malos –los que no vivieron según los Mandamientos de la Ley de Dios, los que no fueron misericordiosos para con sus hermanos, los que no quisieron vivir con Dios en el cielo, los que no creyeron en la existencia del Infierno y dedicaron sus vidas a obrar el mal-, a esos, puesto que murieron impenitentes, les dará lo que quisieron, libre y voluntariamente, con su impenitencia, que es el Infierno. En este sentido, Adviento es la oportunidad para la preparación espiritual de quienes vivimos en este mundo, pero deseamos vivir en la eternidad, ante la Presencia del Cordero, y es en esa fe gozosa en la que esperamos su Segunda Venida gloriosa, Segunda Venida que nos traerá la salvación y la vida eterna sin sufrimientos.
El tercer significado es vivir el “Adviento presente” que significa la Venida o Llegada de Jesús en cada Eucaristía. En cada Eucaristía y traído por el Espíritu Santo, Jesús viene desde el cielo para llegar a nuestros corazones por la Comunión Sacramental, por eso podemos decir que cada Santa Misa o cada comunión, es un “adviento” personal, en el que el Señor Jesús viene al alma en gracia y que lo recibe con amor, para vivir en ella. Por la Eucaristía, el alma recibe a Jesús, el Niño Dios, que vino por Primera Vez, que es el mismo Jesús que vendrá por Segunda Vez. En este Adviento –el tercero, la Venida intermedia-, la Iglesia celebra el triunfo de la Cruz de Cristo, por la liturgia eucarística, en el tiempo de la humanidad, lo cual hace que el alma mire con amor y agradecimiento hacia el Primer Adviento, por el cual vino por primera vez para morir y triunfar en la Cruz, y que mire con esperanza y confianza al Segundo y definitivo Adviento, la Parusía, porque quien se abraza a la Cruz, nada ha de temer en el Día del Juicio Final.
Por último, el Adviento explica el color morado, que significa penitencia: así como los justos del Antiguo Testamento hacían penitencia para preparar sus almas para la Venida del Redentor, de la misma manera la Iglesia, que en cuanto preparación para la Navidad, vive “como si” el Señor no hubiera venido –aunque, obviamente, ya vino- y para ello, se purifica de las cosas mundanas y procura estar en gracia, de modo de recibir al Salvador con un espíritu humilde y contrito. La penitencia también es para la Segunda Venida, porque el cristiano que espera a Jesús, lo hace no como el siervo indolente, perezoso, que no espera la llegada de su señor y que por eso se emborracha y comienza a golpear a los demás, como en la parábola, sino que, como ama a su Señor que viene en la gloria, está “vigilante y atento, con la faja ceñida, con la lámpara encendida”, porque “no sabe ni el día ni la hora” en la que llegará su Señor, aunque sabe con toda seguridad que sí llegará, y es para recibirlo de la mejor manera, que lo espera así, haciendo penitencia, es decir, alejado del mundo y sus falsos espejismos y viviendo en la caridad cristiana. La penitencia, que es lo que simboliza el color morado del Adviento, es también para esa “Venida intermedia” que es la llegada de Jesús, desde el cielo, hasta la Eucaristía, para luego entrar en el alma: un alma impenitente, que no se arrepiente del mal hecho, que no pide perdón de sus faltas, que no manifiesta su deseo de vivir en gracia, cumpliendo los Mandamientos de Dios y frecuentando sus sacramentos, es un alma indigna de recibirlo en la Eucaristía.
El Adviento, entonces, es tiempo de preparación para la triple llegada del Señor; es tiempo además de esperanza, porque quien llega es el Salvador y el Redentor de la humanidad –viene para salvarnos del pecado, de la muerte y del demonio-; es tiempo de arrepentimiento de nuestros pecados –estamos bajo la ley de las consecuencias del pecado, la concupiscencia, la inclinación al mal, y lo único que nos libera de eso es la gracia santificante- y de deseo de vivir verdaderamente como hijos adoptivos de Dios. Como hemos dicho, el Adviento es tiempo de espera para la llegada del Señor, que es en realidad una triple llegada: el memorial que hace Presente su Primera llegada; el sacrificio de la Misa, que hace Presente, en Persona, al Dios que “ha de venir, que viene y que vendrá”; y la Segunda Venida en la gloria, para juzgar al mundo. En el Adviento, como Iglesia, nos preparamos para la Navidad y la Segunda Venida de Cristo al mundo, cuando volverá como Rey de todo el Universo, al tiempo que revisamos cómo es la preparación espiritual, interior, porque el cual recibimos a Cristo en su “Venida intermedia” en la Eucaristía. Es un tiempo de penitencia, oración y caridad, en el cual debemos revisar cómo es nuestra vida espiritual en relación a este triple Adviento del Señor en nuestras vidas, de manera de hacer el propósito de convertir el corazón al Dios que vino en Belén, que viene en cada Eucaristía, y que ha de venir al fin de los tiempos. Si no vivimos el Adviento de esta manera, con toda seguridad, viviremos una Navidad pagana y mundana, la misma Navidad de los sin Dios, que no esperan la Llegada de Cristo en su Gloria, no recuerdan con gozo su Primera Venida y no preparan sus almas por la gracia y el amor para la Venida intermedia, su Llegada Eucarística al corazón que lo ama. Adviento es tiempo de despertar del sueño de la concupiscencia y de estar vigiles y preparados, con las lámparas encendidas, para recibir al Señor que “vino, que viene y que vendrá”, como lo dice la iglesia ambrosiana: “Nuestros años y nuestros días van declinando hacia su fin.: Porque todavía es tiempo, corrijámonos para alabanza de Cristo. Estén encendidas nuestras lámparas, porque el Juez excelso viene a juzgar a las naciones. Aleluya, aleluya”[2].






[1] Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/18239/el-adviento-preparacin-para-la-navidad.html
[2] Miss. Ambros, Último Domingo antes del Adviento, Transitorium. Cit. O. Casel, Misterio de la Cruz, 189.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre”


“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre” (Lc 21, 12-19). Jesús profetiza la persecución a la cual será sometida su Iglesia en tres tiempos distintos: luego de su muerte, en el tiempo de la Iglesia, y al final de los tiempos, en el tiempo previo a su Segunda Venida en la gloria o Parusía. La razón de la persecución será el odio luciferino –preternatural, angélico, diabólico- a la Verdadera y Única Iglesia de Cristo, la Esposa del Cordero, que en cuanto tal, está inhabitada por el Espíritu Santo. Esta persecución está anunciada en el Apocalipsis, en el pasaje en el que “la Mujer vestida de sol huye al desierto con dos alas de águila” para salvar a su Niño de la furia homicida del Dragón, que pretende ahogarlo con su vómito (cfr. Ap 12, 1-17). La Mujer es la Virgen, quien es a su vez prefiguración de la Iglesia; el Niño es Jesús, el Niño Dios; el desierto es la soledad de la Iglesia Santa que huye de la mundanidad; el Dragón es el Demonio, que por medio de los hombres malvados busca la destrucción de la Iglesia desde su inicio hasta el fin de los tiempos.

“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre”. La Iglesia será perseguida, como lo profetiza Jesús, y esta persecución se acentuará  a medida que la Humanidad se acerque al Día del Juicio Final, pero las fuerzas diabólicas que pretenden su destrucción “no prevalecerán” (cfr. Mt 16, 18), tal como el mismo Jesús lo promete y la razón es que la Iglesia –los miembros de su Cuerpo Místico, los bautizados- estarán asistidos por el Espíritu Santo, razón por la cual “no deberán preocuparse por su defensa”, porque será el mismo Espíritu de Dios el que los asistirá en su defensa. La Iglesia será perseguida, parecerá débil, pero solo en apariencia, porque en su debilidad radica su fortaleza, que no es humana, sino sobrenatural, y por lo tanto, superior a las fuerzas angélicas diabólicas de sus perseguidores.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo


(Ciclo A - 2017)
“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles” (cfr. Mt 25, 31-46). Este domingo, 26 de noviembre, la Iglesia celebra la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, instituida por el Papa Pío XI durante el Año Santo de 1925 mediante la encíclica Quas Primas[1]. El Papa Pío recuerda no solo a los creyentes, sino a todas las naciones, que el culto y el discipulado de Cristo no es solo un asunto privado: “Las naciones recordarán por la celebración anual de esta fiesta que no solo los individuos sino también los gobernantes y príncipes están obligados a dar honor y obediencia pública a Cristo. Llamará a sus mentes el pensamiento del último juicio, en el que Cristo, que ha sido expulsado de la vida pública, despreciado, descuidado e ignorado, vengará estos insultos de la forma más severa; porque su dignidad real exige que el Estado tenga en cuenta los mandamientos de Dios y de los principios cristianos, tanto al hacer leyes como al administrar justicia, y también al proporcionar a los jóvenes una educación moral sólida”[2]. Además, el Papa Pío llama a los fieles a poner a Cristo en el corazón y el alma de sus vidas: “Los fieles, además, al meditar en estas verdades, obtendrán mucha fuerza y ​​valor, lo que les permitirá formar sus vidas según el verdadero ideal cristiano. Si a Cristo nuestro Señor se le da todo el poder en el cielo y en la tierra; si todos los hombres, comprados por su preciosa sangre, son por un nuevo derecho sujeto a su dominio; si este poder abarca a todos los hombres, debe quedar claro que ninguna de nuestras facultades está exenta de su imperio. Él debe reinar en nuestras mentes, lo cual debe aceptar con sumisión perfecta y firme creencia a las verdades reveladas y a las doctrinas de Cristo. Él debe reinar en nuestras voluntades, que deben obedecer las leyes y los preceptos de Dios. Él debe reinar en nuestros corazones, lo que debe rechazar los deseos naturales y amar a Dios sobre todas las cosas, y unirse a él solo. Él debe reinar en nuestros cuerpos y en nuestros miembros, que deberían servir como instrumentos para la santificación interior de nuestras almas, o para usar las palabras del apóstol Pablo, como instrumentos de justicia para Dios”[3].
Entonces, Jesús es Rey y es Rey que ha de venir por Segunda Vez, tal como el mismo Jesús lo revela, anunciando proféticamente su Segunda Venida en la gloria: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles” y el consiguiente Juicio Final, llamado en la Biblia, “el día de la Ira de Dios”. En ese día, Jesús no se mostrará como el Dios Misericordioso y compasivo, que nos espera pacientemente para que decidamos a combatir contra la malicia que anida en nuestros corazones –el pecado- y a convertirnos a Él, que es el “Sol de justicia”. Ese día no será un día más: será el Último Día de la historia humana, en el que finalizará el tiempo y comenzará la eternidad, una eternidad de gozo y bienaventuranza para algunos y una eternidad de dolor y amargura para otros. Ese día será el día de la Ira de Dios, en el que hasta los ángeles del cielo temblarán ante su Presencia, tal como la Virgen se lo revelara a Sor Faustina Kowalska: “Hasta los ángeles de Dios temblarán ese Día”. Ése día Jesús vendrá como Justo Juez que impartirá la Justicia Divina a toda la humanidad y esta Justicia implicará darle a cada uno lo que cada uno se mereció libremente con sus obras. En el Día del Juicio Final –verdad de Fe proclamada por la Iglesia y explicitada en el Catecismo de la Iglesia Católica[4]-, toda la humanidad comparecerá ante Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, y recibirá de Él, lo que justamente le corresponde por sus obras libremente hechas: a los buenos, les corresponderá el Cielo; a los malos, el Infierno. No hay interpretaciones atenuantes posibles; y es una horrible blasfemia calificar a Dios como injusto porque condenará en el Infierno a quienes hicieron el mal sin arrepentirse, porque Dios sería un Dios Injusto –y por lo tanto, no sería Dios, porque sería malvado e imperfecto-, si no castigara el mal impenitente y si no premiara el bien hecho con amor.
Jesús grafica el Día del Juicio Final con la imagen de un pastor, que pondrá los buenos –las ovejas, imágenes de los bienaventurados, pues son animales mansos- a su derecha y a los malos –los cabritos, imágenes de los condenados, puesto que son animales lascivos, representando así la doble impureza, espiritual y corporal de los condenados; a su vez, el cabrito es imagen del Demonio, más en concreto, de Baphomet, el hombre-cabra, el ídolo demoníaco masónico con el que los masones representan al Demonio- a su izquierda, y los juzgará y dará su destino eterno: “El Rey pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda y dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. (…) Luego, el Rey dirá a los que están a su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Y entonces, pronunciará la terrible sentencia: “Estos –los que hicieron el mal- irán al castigo eterno, y los justos –los que hicieron el bien- a la Vida eterna”.
  Jesús explica cuál es la causa de la salvación y de la condenación eterna de las ovejas –los buenos- y de los malos –los cabritos-, respectivamente: la causa de la salvación o de la condenación de nuestras almas será cómo obramos en relación a nuestros hermanos más necesitados. Es así que dice: “Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Es decir, los justos se salvarán porque tuvieron misericordia con los más necesitados –hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, presos- y los auxiliaron con sus propios bienes y haciendo así obraron la misericordia con el mismo Jesucristo, quien está misteriosamente Presente en ellos. Ésa es la razón por la que Jesús dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, Conmigo lo hicisteis”. Es decir, Jesús mora, misteriosamente, en el prójimo más necesitado -no solo en el pobre, porque no es el pobre el centro del Evangelio, sino Jesucristo, así como no es la pobreza causa de salvación, sino la gracia santificante de Nuestro Señor- y todo lo bueno o malo que le hagamos al prójimo, se lo hacemos a Jesucristo.
         La causa de la condena de los malos será el haber obrado sin misericordia: “Dirá a los que se condenen: “Estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y Él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, Conmigo no lo hicisteis”.
         Ahora bien, ante la perspectiva de un castigo que dura por toda la eternidad, como lo es el Infierno, hay que decir que es un dogma de fe, revelado por Nuestro Señor Jesucristo en Persona. Jesús es el Dios Misericordioso, es la Misericordia de Dios encarnada, es el Amor de Dios hecho hombre, que vino como Niño en Belén, para donarse a Sí mismo, todo entero, sin reservas, a cada alma, por Amor, como Pan de Vida eterna, en la Eucaristía[5]. Y, sin embargo, este mismo Dios-Amor, este Dios, que “es Amor”, como dice la Escritura, creó el Infierno, como destino eterno para ángeles y hombres. La Iglesia lo enseña como dogma de Fe, y son innumerables los santos que han sido conducidos al Infierno para que dieran testimonio de su existencia; entre ellos, está Santa Faustina Kowalska, quien es llevada al Infierno por órdenes de este Dios-Amor en Persona, según sus palabras: “Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe”. Un ángel de luz, cumpliendo las órdenes de Jesús Misericordioso, Rey de los ángeles, conduce a Santa Faustina al Infierno: “Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel”. El Infierno es un “enorme lugar”, lleno de “grandes tormentos” para las almas que allí se encuentran: “Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión!”. Luego, Santa Faustina describe los distintos tipos de tormentos que ve en el Infierno: “Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina”. Lo que revela Santa Faustina es algo que ya la Iglesia lo enseñaba desde siempre: el fuego del Infierno no sólo quema el cuerpo, sino que quema el alma, y esto, por un milagro especial de parte de la Divina Omnipotencia, que así permite que sea satisfecha la Ira Divina, encendida justamente por la impenitencia del pecador, que voluntaria y libremente quiere morir en el mal. Luego continúa Santa Faustina: “el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias”. Revela Santa Faustina que los tormentos son de dos tipos: los que describió, que son los que padecen los condenados en su conjunto, pero luego hay tormentos que sufren los condenados de modo individual, y estos, que se agregan a los tormentos generales, dependen de la clase de pecado que cometió en esta vida y que fue lo que le valió el Infierno. Esto también es acorde a lo que enseña la Iglesia Católica, que dice que hay un castigo individual para cada órgano responsable del pecado mortal que se cometió y que llevó al condenado, por su impenitencia, al Infierno. Dice así Santa Faustina: “Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado”. Luego describe de modo más detallado los lugares en donde están los condenados: “Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro”. La visión del Infierno, del Demonio y de los condenados es tan terrible, que dice Santa Faustina que habría fallecido de terror, si Dios no la hubiera sostenido: “Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios”. Luego, Santa Faustina deja por escrito, en su Diario, cuál es el propósito por el cual Jesús Misericordioso le hizo conocer el Infierno: “Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es”. Luego continúa: “Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de ello, tengo, la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado”.
         Además de la Escritura, la Tradición y el Magisterio, también hay testimonios que vienen de personas individuales, cuyas experiencias en el más allá antes de morir, coinciden con lo que enseña la Iglesia. Es el caso de un hombre –Alan- en sus 77 años con un cáncer terminal[6], quien en su lecho de muerte contó cómo él había tenido un episodio cercano muerte veintidós años antes, durante la cirugía a corazón abierto. A Alan se le habría mostrado el infierno por el Arcángel Miguel, bajo la dirección de Jesús, que lo salvó después de mucho suplicar. Su destino hubiera sido ese si él hubiera muerto en ese momento particular. Había sido frío, egoísta, compañero grosero, sin ni siquiera amor hacia su esposa e hijos. Un hombre que se preocupaba sólo por el dinero y su comodidad personal, que se rió de la idea de Dios cuando un anestesiólogo se ofreció a rezar con él. Como “Alan” dijo, “Yo podría haber sido fue aplastado, completamente aplastado por mi propia pecaminosidad. Vi a mi alma como Dios la ve, y fue horrible. Mi alma estaba cubierta de agujeros y suciedad, una inmundicia que había acumulado y amontonado sobre mí mismo. Como un cadáver en descomposición, cubierto de supuración, rancio, viviendo en suciedad, pero pesándome, gritando mi vergüenza ante mi Dios. Quise correr, pero no había ningún sitio donde ir. Yo estaba pegado al lugar y obligado a ver todo, y sin excusa, sin alivio, y mi vergüenza creció más y más ante tal Pureza incomprensible. Lo siguiente que supe, fue que mis guías y yo estábamos de pie en un valle, completamente desolado y rodeado de enormes montañas negras, puntiagudas y estériles. Su base era profunda, más profundo que el camino que estábamos parados, y que se extendía a profundidades que parecían no tener fin ni fondo. Caminamos por este mismo camino ancho y descendimos lentamente. Al principio el camino era suave, pero a medida que caminamos se convirtió en empinado y resbaladizo. Temía que iba a caer, porque en cada lado de la vía había horribles criaturas, arrastrándose en la oscuridad, gruñendo y maldiciéndome, extendiendo sus manos tratando de agarrar mis talones. Cuanto más profundo fuimos, más pesado era el aire, y más oscuro el ambiente se puso. A lo lejos, oí muy débilmente, un terrible alboroto, peleando, discutiendo y gritando. Yo no quería ir más lejos y pedí a mis ángeles por favor sácame de allí. Me dijeron: ‘Tienes que ver lo que le espera a los pecadores que rechazan a Dios’. Continuamos yendo más y más hacia una inmensa y viva negritud. Al final de nuestro descenso había una estructura enorme y formidable que parecía no terminar nunca, tanto en profundidad y altura. El temor que se apoderó de mí fue abrumador y yo quería huir, pero fui detenido firme por mis guías ángeles. Las inmensas puertas estaban cerradas, cuidadas con enormes pernos negros en la parte exterior. Miguel levantó la mano, los bloqueos se liberaron y las puertas se abrieron. Inmediatamente un nauseabundo hedor llenó mi nariz la quemaba y me daba náuseas. Al igual que la carne podrida en el calor de un sol de verano, o la quema de alquitrán y azufre. Era aterrador y yo estaba tan asustado que me aferré a mi ángel de la guarda. Cuando las puertas se abrieron por completo, los sonidos que golpean mis oídos me hicieron temblar de miedo. Gritos guturales en un lenguaje que era tan absolutamente asqueroso, que nunca volvería a repetirlo a nadie. La cacofonía de gritos, blasfemias, y llanto continuo llenaban el aire y reverberaban a través de mí llenándome de un miedo intenso y terror indescriptible. Cuando entramos, mi mente se llenó de un conocimiento inmediato de cada una de las almas que vi encarceladas aquí. Fui testigo en este lugar de un sufrimiento tan indescriptible, que las palabras no pueden reproducir todos los aspectos. El hedor y el calor son completamente insoportables. A mi derecha vi unas paredes negras dentro de las que estaban tallados pequeños nichos que se extendían a alturas vertiginosas de la piedra ennegrecida. Había un innumerable número, miles y miles de ellos, cada uno era de forma y tamaño similar. Eran de forma circular y cada uno contenía un alma que estaba encajada en él, incapaz de moverse, incapaz de ajustarse a ninguna comodidad. Sus rostros estaban vueltos hacia fuera, hacia el centro de esta mazmorra, y ellos lloraban, gritaban y maldecían continuamente. Ojos saltones con expresiones de tortura, odio y la desesperación tan insoportable que tuve que apartar la mirada. “¡Mira!” mi ángel dijo: “¡Mira!”. La desesperación que llenaba a todos y cada uno de ellos era sin tregua. El conocimiento de cada acción que los llevó a este pozo de oscuridad siempre se juzgaba ante sus almas en un flujo continuo de remembranza que sólo ellos podían ver. Además del dolor y la desesperación, sufrían una soledad abrumadora y penetrante. Tan intenso era su sufrimiento que ninguna palabra posiblemente pueda describir semejante horror. Pude ver la causa de su tortura. Ya que sus vidas continuamente pasaba  ante ellos, se detenía en momentos específicos que mostraban un episodio en particular, un pecado en particular. O una oportunidad de haber hecho el bien, en el que optaron por no hacer nada”. Ellos gritaban insultos contra Dios, maldiciendo los nombres de los padres, amantes, incluso a sus propios hijos. Escenas una y otra vez, no sólo de sus propios pecados, sino cómo sus pecados afectaron a otras personas. El daño que habían causado, cómo sus palabras destruyeron a otras personas. Si otra alma terminaba en este abismo debido a sus acciones, también eran responsables de esa alma a tal punto, que se intensificaban sus sufrimientos el doble, triple. Demonios en las formas más horribles, algunos medio animales, algunos de aspecto más humano, se ponían junto a los rostros de ciertas almas gritándoles desde su hoyo en la pared. Estos demonios agarraban los rostros de los torturados y las almas que sufrían y les abrían sus bocas con sus garras, tan ampliamente que les arrancaban la carne a lo largo de los lados de sus mejillas. Se ponían blancos, como metal fundido, mientras gritaban con horror. Los demonios los empujaban más profundo en su tortura, mientras lanzaban insultos repugnantes contra ellos. Pero un nicho estaba vacío y de pie delante de él había un horrible demonio que me señaló, maldiciendo y riéndose, y luego señaló con el nicho vacío. Supe de inmediato que ese estaba reservado para mí. Una y otra vez, cada tortura era superior a la anterior en su brutalidad. Clamé a mi ángel y traté de huir, pero me tranquilicé cuando me aseguró que la misericordia de Dios no sólo había impedido que estuviera allí, sino también protegerme contra cualquier ataque de cualquiera de las criaturas en este lugar. Mientras continuábamos más en este abismo, vi una pared desolada llena de celdas. En una celda en particular había un alma horrible, enferma mirando y completamente sucia. Este hombre en particular, en la tierra había manipulado, maltratado, y obligado a las mujeres a ejercer la prostitución. Vi que era un cruel tirano, él daba drogas a las mujeres, las golpeaba con frecuencia hasta que sus cuerpos y sus voluntades estaban completamente rotos. En la tierra era conocido por su crueldad y su codicia y estaba poseído de una lujuria insaciable. Aquí, en su prisión, se veía obligado a experimentar una y otra vez lo que él infligió a las mujeres a su dominio, sólo magnificado a un inimaginable grado. Él era mutilado continuamente por las más horribles criaturas que sin piedad desgarraban su piel, le rasgaban parte de la entrepierna hasta la garganta, exponiéndolo al ridículo y a la humillación increíble. Una y otra vez, cada tortura era superior a la anterior en su brutalidad y crueldad. Gritando sin cesar en busca de ayuda, dejaba escapar gritos guturales suplicando a sus torturadores, que sólo enfurecían su odio y su crueldad hacia su víctima. Al final de cada tortura, su cuerpo se reducía a meros retazos. Su cuerpo, entonces volvía a la normalidad y sus torturas comenzaban de nuevo. Explicarlo con palabras es casi imposible. Todas y cada una de estas almas en este lugar sabían exactamente por qué estaban allí. Veían muy claramente las decisiones en su vida que los encarceló. Usted ve, Dios no nos puso en infierno, nos pusimos nosotros allí. Cada alma en el juicio ve con perfecta claridad su vida como Dios la ve, y entonces se juzgan en su luz. No hay refutación, no hay discusión con Dios, porque sus pecados clama su juicio ante la pureza absoluta. Nuestras acciones, nuestras palabras poco amables, nuestra crueldad, y en última instancia nuestro total rechazo de la gracia de Dios, es lo que decide nuestro destino. Se le da a cada alma, incluso hasta el último momento de nuestra vida, la elección de aceptar a Dios o rechazarlo. Las almas en el infierno son las que lo rechazan, rechazan su amor, rechazan su gracia, y lo más importante rechazan su misericordia, incluso hasta el final. Incluso después de que lo han visto, se lanzan en este abismo porque es peor quedarse de pie delante de él, que estar en la oscuridad. A medida que continuamos más abajo hacia el centro del infierno, el ruido y la confusión total proseguía en su escalada más profunda. Y las torturas infligidas a las almas se volvieron más y más horripilantes. Rápidamente bajamos hasta que llegamos a lo que parecía ser la parte inferior de una enorme fosa que contenía una celda inmensa. Sus puertas eran tan gruesas como altas y se abrieron a la orden de San Miguel. Cuando se abrieron las puertas, un humo nauseabundo vomitado desde su centro envolvió todo lo que estaba a nuestro alrededor. Mi ángel levantó su mano cuando nos acercamos a la celda, que estaba llena de una luz brillante. En las paredes había lo que parecían ser serpientes y sabandijas de tamaño sobrenatural, y se deslizaban y se escabullían. En el centro de este calabozo había un gran trono que hecho de oro y monedas de plata, y aunque sucio y manchado, se amontonaban en pilas que forman una forma básica de trono, y era enorme. En su base habían almas de seres humanos, algunos con piel, algunos sólo huesos, todos en diferentes grados de descomposición y cubiertos de gusanos. Cuando los huesos estaban completamente desnudos y toda la carne había caído o había sido devorada por los gusanos, de inmediato se cubrían de piel y todo empezaba de nuevo, ardor, putrefacción, mordiscos. Estas almas estaban completamente inmóviles bajo el peso de este enorme trono. Detrás de mí, sentí una presencia aterradora. Una presencia tan completamente mala y tan llena de odio que yo quería correr, pero aterrorizado, estaba congelado en el lugar. Sentí que se me acercaba, con su aliento caliente que fluía sobre la parte de atrás de mi cuello. Tan completo era su odio hacia mí, que me pareció que el odio me pesaba y me hundía. Instintivamente supe quién era este y sabía que él estaba permanente en su estado. No sólo no iba a alterar su destino, él nunca lo desearía, nunca. Su condena se fijó para siempre y se cementó en oposición completa y total a Dios. Él odiaba por completo todo lo que Dios es, y por lo tanto odiaba más allá de las palabras todo lo que Dios ha creado. En el infierno, él vomita todo su odio en todas y cada una de esas almas encarceladas en el infierno. Estas almas son bombardeadas constantemente por él, y están constantemente recordando que podrían haber tenido el Cielo, pero que optaron por el infierno. Ellos recuerdan la belleza de Dios, y ahora están separadas para siempre de ella. Podrían haber tenido amor, paz y la completa felicidad, y en su lugar lo han perdido por toda la eternidad. Hay un gran número de niveles del infierno y cada alma está condenada de acuerdo con sus crímenes. Estas torturas continúan sin cesar y repiten una y otra vez, llevado a cabo por millones y millones de demonios dispuestos. Nada puede describir la presencia del mal porque él no se parece a nada de este mundo. No puedo expresar lo suficiente su odio, y su odio en ese momento fue dirigido completamente a mí. Mi alma se llenó de una desesperación opresiva, abrumadora, cuando le oí burlarse de mí, no en voz alta, pero podía oír sus palabras sucias dentro de mi mente. Procedió a decirme por qué yo pertenecía a él y a todos los pecados que siempre había hecho. En mi mente yo traté de tranquilizarme con lo que los ángeles me habían dicho antes, cuando otra acusación me fue arrojada cada vez con mayor rapidez y fuerza. Su voz astuta y vulgar me acusaba y me llenaba con tal desesperación que le rogué a mis guías que me llevaran lejos, lo que sólo intensificaba su burla hacia mí, una tras otra, después de otra. Miguel levantó la mano, lo que detuvo el ataque de Satanás sobre mí, y con una atronadora, majestuosa voz Miguel gritó: “¡Basta! Todo ha sido perdonado!”. Una luz brillante emanaba de mis guías, cada vez más y más brillante que yo veía a Satanás acobardado alejarse de él. Él empezó a aullar, lanzando blasfemias contra nosotros con un rugido atronador tal que las paredes de esta mazmorra deberían haber sido destrozadas. Rápidamente y con fuerza salimos de ese pozo, a través del camino que habíamos venido y hacia atrás a través de las puertas de ese horrible lugar. Las puertas se cerraron y los enormes pernos se colocaron con fuerza en su posición anterior, encerrando a sus habitantes para siempre. Volamos hacia arriba, disparando a una velocidad cada vez mayor y podía oír los gritos blasfemos de Satanás lentamente disminuyendo. Luego, al instante, estaba fuera de ese horrible lugar y de nuevo en la luz, lejos del calor y el hedor del infierno. Yo estaba tan agradecido de estar fuera de ese pozo negro de suciedad, que lloré. Aferrado a mi ángel de la guarda, le di las gracias por sacarme de allí. Llegamos a una parada y Miguel se volvió hacia mí y me dijo: ‘Sólo has visto una pequeña muestra de los horrores del infierno. ¡No lo olvides!”. Cuando mis guías desaparecieron me lanzaron de nuevo, esta vez por mi cuenta a través de un túnel muy estrecho. Abrí los ojos y estaba tendido en la espalda con un tubo en mi boca. Médicos y enfermeras me rodeaban, me decían que iban a quitar mi tubo de respiración. Mi cabeza me daba vueltas y mi pecho estaba con un dolor horrible mientras intentaba respirar. Yo estaba confundido y asustado y no podía mover los brazos o las piernas. En esta confusión, pensé que ya no me podía mover, tal vez me habían empujado a mi agujero en la pared del infierno. Me puse frenético y traté con todo lo que tenía de zafar de lo que estaba sosteniendo mis brazos y piernas. Entonces oí la voz de mi médico explicando de nuevo que me relajara, que la cirugía había terminado y que me iban a quitar mi tubo de respiración. Entonces me di cuenta de que estaba en la tierra, en el hospital y nunca estuve tan feliz de estar aquí y no en el infierno. Nada en mi vida es lo mismo. Le pedí a un sacerdote que viniera tan pronto como fuera posible. Estaba desesperado y le dije a las enfermeras que tenían que darse prisa y conseguirme un sacerdote. Ningún sacerdote estaba disponible hasta el día siguiente y esa noche no dormí. Yo no había estado en confesión desde la escuela primaria y no había ido a misa desde que estaba en la escuela secundaria. Cuando el sacerdote llegó al día siguiente, le pedí que escuchara mi confesión. Busqué con las palabras, sin saber por dónde empezar, pero con paciencia hablé él. Tomó tres horas, pero confesé todo. Después de llegar del hospital, y después de que me recuperé y conseguí fuerzas, me senté con mi mujer y me disculpé con ella por todo. Luego fui a cada uno de mis hijos, todos mayores, algunos de ellas con sus propios hijos, y me disculpé con ellos porque yo les había fallado por completo. Al principio creyeron que me había vuelto loco, pero al final perdonaron. Estamos muy cerca ahora, y he probado todos los días mostrarles cuánto los amo. Le tomó a Regina mucho tiempo perdonarme, porque estaba muy molesta con nuestra vida de casados, que no confiaba realmente que yo había cambiado. Eventualmente, ella me perdonó y hemos estado cincuenta años juntos. Sí, ella tomó a este viejo pecador y ¡alabado sea Dios por eso! He pasado cada momento desde luego haciendo las paces con ella y con Jesús. Rezo todo el tiempo, todo el día y voy todos los días a Misa y a Comunión. Regina y yo estamos mejor ahora que nunca hemos estado y ahora estamos tratando con este tipo de cáncer. Ella está teniendo un momento difícil para aceptar esto, así que ha seguido mucho más que yo esta enfermedad y sé hacia donde voy. Yo sé que me estoy muriendo. Añoro el día, pero no pueda compartir eso con Regina, pero yo digo que no puedo esperar. No puedo decirle cuántas veces me he dicho esto, y cada vez que que lo pienso no puedo dejar de llorar, porque yo casi no lo logré. Casi terminé en ese lugar horrible, y con razón. Pero Jesús, en un acto de increíble e inmerecida misericordia cambió todo. Sé que pase lo que pase, la gente necesita darse cuenta de que nada es imperdonable porque Jesús es más grande que cualquier pecado. Pero no puede perdonar si no estamos dispuestos a pedir perdón. Todo lo que tenemos que hacer es amar. Si te gusta, sonríe, es muy simple. Difícil algunos días, pero simple”. Tiempo más tarde, Alan empeoró: estaba empapado en sudor y con un gris pálido enfermizo. La enfermera lo higienizó y le cambió de ropa. Alan susurró: “Está a punto de terminar. Siento a Jesús que viene”. Alan murió en paz a las tres de la mañana, rodeado de su esposa e hijos.
Jesús es el Dios Misericordioso, pero también es el Dios de la Justicia, y respeta la libertad del hombre: si el hombre quiere morir impenitente, Jesús da al impenitente lo que el impenitente quiere: no Misericordia, sino Justicia Divina. El Infierno es, en definitiva, una muestra de la Misericordia de Dios, que da a cada hombre lo que cada hombre, con su libertad, elige.
         En el día en el que la Iglesia proclama a Jesucristo como su Rey y Señor, proclama también, a los cuatro vientos, que el Día del Juicio Final está cerca y que no hay modo de escapar al mismo, y que la única forma de sortear el Día de la Ira de Dios, es obrando la misericordia para con nuestro prójimo. Nuestro Rey, reina en la Cruz, reina el madero, y reina en la Eucaristía; parece débil e incluso hasta parece que no habla, pero eso no debe hacernos creer que no vendrá por Segunda Vez en la Gloria para juzgar a vivos y muertos, tal como lo afirma la Iglesia en el Credo. Obremos la Misericordia, si queremos gozar de la Presencia del Cordero por la eternidad.




[1] El documento papal es breve y vale la pena leerlo como una forma de glorificar y alabar a Dios en este especial de hoy y de todos los días. La celebración marca el final del calendario litúrgico y comienza la temporada de Adviento, para prepararse para celebrar el nacimiento de Cristo.
[2] Cfr. Quas Primas, 32.
[3] Cfr. Quas Primas, 33.
[4] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 668 - 682, 1021-1023, 1038-1042, 2831.

sábado, 18 de noviembre de 2017

“El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes”


"Parábola de los talentos"
(Mironov)

(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes” (Mt 25, 14-30). En la parábola de los talentos, Jesús narra la diversa situación de tres servidores a quienes su señor les otorga talentos –monedas de plata- para que multipliquen sus beneficios mientras él está de viaje. El primero de los sirvientes recibió cinco y, negociando, ganó otros cinco; el que recibió dos, hizo lo mismo y ganó otros dos, pero el que recibió uno, en vez de negociar para ganar, tal como les había pedido su señor, fue y lo enterró, por temor a perderlo y así enojar a su señor. A su regreso, el señor recompensa –de manera exorbitada y desmesurada- a los dos primeros, ya que por el solo hecho de haber ganado cinco y dos talentos de plata, respectivamente, les concede “participar del gozo de tu señor”, lo cual significa participar de todo lo que su señor es y tiene. Sin embargo, implícitamente, se refiere ya aquí al Reino de Dios, que es gozo, en el Amor de Dios, por la contemplación de la Trinidad. Esto es lo que significa, en última instancia, la expresión de Jesús “participar del gozo de tu señor”. En la práctica, los nombra reyes, tal como es él. Sin embargo, con el tercero, con el que enterró el talento, el señor no se mostró indulgente ni comprensivo: luego de retarlo y de describir su falta –lo trata de servidor “malo y perezoso”-, le dice lo que tendría que haber hecho –colocar el dinero en el banco y así ganar intereses-, le retira a este servidor inútil lo que tenía y se lo da al que tenía más, y lo echa “afuera, a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes”. Está claro que el “afuera” no se refiere a una propiedad terrena, sino al Infierno, porque es ahí en donde hay “llanto y rechinar de dientes”.
Como en toda parábola de Jesús, es necesario, luego de la composición de lugar, reemplazar los elementos naturales por los sobrenaturales -aunque aquí lo sobrenatural ya está explicitado en el “gozo del señor”, esto es, el Cielo, y en el “llanto y rechinar de dientes”, el Infierno- para reflexionar acerca de su enseñanza.
El centro de la parábola son los talentos, ya que del uso que hacen de ellos, depende el destino de los servidores: en la parábola, los talentos son monedas de plata; en nuestra vida, los talentos son todos los dones, tanto naturales –vida, inteligencia, voluntad, libertad, memoria-, como sobrenaturales –fe, esperanza, caridad, la gracia de la filiación divina en el bautismo, la gracia del Cuerpo y Sangre de Jesús en la Eucaristía; el don del Espíritu Santo en la Confirmación; el don de la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz; el don de la Virgen como Nuestra Madre celestial; el don de la Confesión Sacramental; el don de la oración; el don de la Adoración Eucarística; y así, con infinidades de dones sobrenaturales; los siervos de la parábola, somos los católicos; el señor de la parábola, es Dios Uno y Trino; la partida de su señor, es la Ascensión de Jesús a los cielos y su regreso, en el que pide cuentas de los talentos, es el día de la muerte y Juicio Particular consecutivo, como así también el Día del Juicio Final y su Segunda Venida en la gloria; la rendición de cuentas, es también la rendición de cuentas que Nuestro Señor nos pedirá en el Juicio Particular y en el Juicio Final, acerca de cómo obramos con los dones o talentos que nos dio. Allí, en ese momento, nos daremos cuenta del don inapreciable que es el poder asistir a una sola Misa, siquiera; nos daremos cuenta del don inapreciable del perdón divino recibido en la Confesión Sacramental; de lo que significa ser hijo adoptivo de Dios; de lo que significa la gracia santificante, que nos hace partícipes de la vida divina; lo que significa la Cruz de cada día, camino y fuente de salvación eterna; lo que significan las enfermedades y tribulaciones, que son dones del Amor de Dios, que por su medio quiere santificarnos y llevarnos al Cielo.
En ese día, en el Día del Juicio Particular, nos daremos cuenta de la inmensidad de dones del Amor de Dios que recibimos, y nos daremos cuenta también, cuán poco o nada de ese Amor Divino devolvimos. Renegar de la Cruz, renegar de una enfermedad y no sobrellevarla con amor por Cristo; faltar a Misa por pereza; dejar de lado la oración por pasatiempos vanos; comulgar distraída y mecánicamente; no perdonar a nuestro prójimo; no saber pedir perdón; no amar al enemigo, como nos pide Jesús, y tantos otros dones más, son talentos enterrados, de los cuales deberemos rendir cuentas. Que el amor al enemigo sea un don propio del cristiano, y que debe ser visto por los demás para que crean en Jesús, y si no lo hace, los paganos blasfeman el Nombre de Jesús, lo dice uno de los Padres de la Iglesia: “Cuando nos oyen decir que Dios afirma: Si amáis a los que os aman no es grande vuestro mérito, pero grande es vuestra virtud si amáis a vuestros enemigos y a quienes os odian, se llenan de admiración ante la sublimidad de estas palabras; pero luego, al contemplar cómo no amamos a los que nos odian y que ni siquiera sabemos amar a los que nos aman, se ríen de nosotros y con ello el nombre de Dios es blasfemado”[1]. En este caso, por ejemplo, no amar al enemigo es enterrar el talento, es decir, la gracia, según la cual debíamos perdonar setenta veces siete y amar al enemigo. Y si enterramos los dones, si despreciamos la gracia, escucharemos la espantosa sentencia del Terrible Juez: “Vete de Mi Presencia, aléjate de Mí para siempre, siervo malo y perezoso. Puesto que no aprovechaste los dones que te di en la vida terrena, necesarios para entrar en la vida eterna, te quedarás para siempre en el Abismo del dolor, en donde solo hay odio, llanto y rechinar de dientes”. Por este motivo, es urgente, para la vida espiritual del cristiano, el saber no solo reconocer los dones dados por Dios, sino hacerlos fructificar.
Si no queremos ser como el tercer siervo –malo y perezoso-, luchemos contra el pecado -es decir, la malicia- que anida en nuestro propio corazón, no en el corazón del prójimo; luchemos contra la pereza, madre de todos los pecados y vicios, y luchemos por hacer fructificar los dones que Dios nos dio. Sólo así, podremos escuchar, al final de nuestra vida terrena, y en el inicio de la vida eterna: “Servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor”.





[1] De la Homilía de un autor del siglo segundo, Cap. 13, 2--14, 5: Funk 1, 159-161.

jueves, 16 de noviembre de 2017

“El Reino de Dios está entre ustedes (…) el Reino de Dios está en ustedes”



“El Reino de Dios está entre ustedes (…) el Reino de Dios está en ustedes” (cfr. Lc 17, 20-25). Ante la tentación de esperar y desear un mesías terreno y nacionalista, que se limite a auto-proclamarse como rey y mesías y cuyos objetivos sean meramente humanos, horizontales, reducidos al espacio y el tiempo de la historia humana, Jesús revela que el Mesías de Dios y su Reino, el Reino de Dios, no será visible, es decir, no podrá ser percibido por los sentidos, porque no tendrá un lugar geográfico delimitado, al modo de los reinos terrestres. Los hombres estamos acostumbrados a percibir por los sentidos y a creer en lo que los sentidos nos dicen y es por eso que necesitamos de algo visible –en este caso, un reino- para creer –en el mesías-. Pero Dios es Espíritu Puro, Eterno, Increado, y pretender que su Reino posea las características de los reinos humanos, es reducir a Dios y su Reino a los estrechos límites de la naturaleza humana. Otra cosa distinta es que los reinos humanos, las naciones y sus gobiernos, reconozcan a Cristo como su Rey y Señor, en cuyo caso, no se trataría propiamente del Reino de Dios, sino de un reino humano que dobla sus rodillas ante Dios y su Mesías, Jesucristo, proclamándolo como Rey y Señor.

¿De qué manera está el Reino de Dios “entre nosotros”, o también “en nosotros”? El Reino de Dios está entre nosotros y en nosotros, por medio de la gracia santificante, otorgada por los sacramentos y concedidas a nuestras almas por medio de la Pasión y Muerte en Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Por la gracia, el alma comienza a participar de la vida divina y puesto que la vida divina se desarrolla en el Reino de los cielos, cuando el alma está en gracia, en cierta manera, vive ya la vida eterna del Reino de Dios y vive, de modo anticipado, el Reino de Dios, eterno, estando todavía en la tierra. A esto nos referimos cuando, parafraseando a Nuestro Señor, decimos que el Reino de Dios está “en nosotros”: como la gracia inhiere en el alma y es un don interior, es por eso que decimos que “el Reino de Dios está en nosotros”, cuando estamos en gracia. Sin embargo, hay algo más en la doctrina de la gracia, que hace que el alma posea en sí misma algo infinitamente más grandioso y maravilloso que el Reino de Dios, y es que, por la gracia, el alma se convierte en morada del Rey de los cielos, Jesucristo. Por eso, en el tiempo de la Iglesia, el católico que comulga en estado de gracia, puede decir con toda verdad: “El Rey de los cielos, Jesús Eucaristía, está en mí”.

martes, 14 de noviembre de 2017

“Somos simples servidores”



“Somos simples servidores” (Lc 17, 7-10). Con esta parábola, Jesús no solo nos advierte contra la soberbia, que nos hace creer que toda obra buena es obra nuestra –con lo cual arruinamos lo bueno de la obra-, sino que nos revela también que todo “éxito” en el apostolado, no depende de nosotros, sino de Dios Trino. En efecto, del mismo modo a como un simple sirviente o criado no tiene que ensoberbecerse por cumplir bien la orden que le dio su patrón, como tampoco atribuirse para sí el mérito de una empresa llevada exitosamente a cabo por directivas de su patrón, y solo debe decir: “Soy un simple servidor”, así también el cristiano, cuando de una empresa apostólica pueden verse sus frutos.
La razón es doble: por un lado, el atribuirse la bondad de una empresa apostólica daña a la misma empresa apostólica, puesto que el alma se ensoberbece y cae fácilmente en el orgullo; por otro lado, es falso atribuirse el ser la causa primaria de la bondad de un apostolado, puesto que la Única Causa Primera de todo bien es Dios Trino y no nosotros. Los hombres somos meramente causas segundas, es decir, somos solo servidores –inútiles y esto, siempre y cuando hagamos la voluntad de Dios- del gran "Rey de reyes y Señor de señores" (cfr. Ap 19, 16), Cristo Jesús.